miércoles, 2 de febrero de 2011

El estatuto de la Política frente a la Fe - Stefano Fontana

El estatuto de la Política frente a la Fe
Stefano Fontana


Introducción a la lectura de “El católico en política” de Mons. Crepaldi
Alianza Católica - Castelletto di Brenzone - 30 diciembre 2010


La cuestión de fondo que afronta el libro de Mons. Crepaldi (El católico en política. Manual para retomar el camino, Cantagalli, Siena 2010) es el estatuto de la política, qué cosa es, y cómo asume una visión metafísica de la política, que hace de fundamento epistemológico para una fundación teológica de la política. Para decirlo con Horkheimer en la “Nostalgia del totalmente otro”, pero también primero con Joseph De Maistre, la política es sobre todo y primero que todo una cuestión teológica. Este es el asunto principal del libro y sobre esto llama la atención a los católicos en política. Así las cosas en conjunto, se abre toda una serie de cuestiones de fondo. Veamos algunas.

Augusto Del Noce afirmaba que la fe cristiana presupone una metafísica y que la filosofía cristiana –o el filosofar en la fe– no es otra cosa que la explicitación de esta metafísica. Para permanecer “en la metafísica” la filosofía tiene necesidad de permanecer “en la fe”, dado que si se individua –y aquí la afinidad con Ratzinger es evidente– aparece por fuerza el “positivismo” (y con esto fideísmo porque a cuanto no resulta empíricamente “se cree”). Sobre el plano cultural, y entonces también sobre el plano político, el principal obstáculo en la comunicación entre los católicos y “los otros” es hoy propiamente la cuestión metafísica. Cuando el católico habla de persona, de familia, de relación, de comunidad, de bien común, de naturaleza, de alma, de vida… les entiende en sentido metafísico, mientras “los otros” no entienden más todas estas cosas en sentido metafísico. Si también los católicos, para dialogar con los otros, no las entiende más en sentido metafísico, terminarán por fuerza entendiéndolas en sentido funcional y subjetivista, y en ese punto habrán ya perdido la partida.

[...] Este punto es importante para comprender el libro de Mons. Crepaldi, el cual me parece fundarse sobre el hecho que en la política se juegan significados absolutos, como se lee en otros puntos del libro.

[...] El libro presenta entonces la política de manera muy diversa de las opiniones corrientes, al indicar que ninguna renovación de la presencia política de los católicos será posible si primero ellos no se reapropian de su “tradicional” -en el sentido fuerte del término- visión de la política. Esta no es una acción que constituye la comunidad, sino que presupone que la comunidad sea constituida por otro. Aquí tenemos el encuentro principal expresado por el libro: el encuentro entre una política católica que acepta plenamente el laicismo -o la madurez de la democracia como decía Dossetti-, al punto de pensar constituirse de modo autónomo, y una política católica según la cual, para decirlo con el Papa Benedicto XVI, un mundo sin Dios no es un mundo neutro, es un mundo sin Dios.

Sobre esto se consuma toda la gran cuestión del laicismo, de la democracia, de la autonomía de las realidades terrestres, a cual el libro de Mons. Crepaldi hace mención en la bella y profunda Introducción del libro. En los decenios pasados se ha consolidado, poco a poco, una profunda y compleja orientación tendiente a conducir a los católicos y adquirir la madurez de la democracia, para entenderse como la plena consistencia metafísica de lo finito respecto al infinito. No por caso Crepaldi cita en su Introducción tres obras de los años Sesenta que, desde puntos de partida diversos, tienen en contradicción esta pretensión y según él, el magisterio del Papa Benedicto XVI, sobre la huella de los Pontífices precedentes, aclaró definitivamente estos equívocos, sosteniendo precisamente que un mundo sin Dios no es un mundo neutro sino un mundo sin Dios. Insisto sobre este punto porque me parece fundamental: la razón sin la fe no es neutra, sino es una razón-sin-la-fe: ella se encuentra a un nivel absoluto en cuanto ve y construye el mundo “sin Dios”. Existe la absolutización de un mundo construido sobre Dios, pero hay también la absolutización de un mundo construido sin Dios. Lo mismo, naturalmente, vale también para la razón política.

Uno de los puntos más interesantes del libro es el capítulo en el que se habla de la ampliación de la razón política y las nuevas ideologías, en el cual se pueden ver las consecuencias de un lenguaje político ahora privado de la densidad metafísica. Cuando el Papa habla de “sostenibilidad” no usa el término en el sentido de Latouche o de los Reportes de las agencias ONU; cuando habla de “sobriedad” no la entiende en el sentido de los movimientos ecologistas y animalistas; cuando habla de “salvaguarda de la creación” no lo hace en el sentido de Green Peace; cuando habla de paz no usa los slogans de la marcha Perugia-Asís. Sin embargo es evidente que los católicos frecuentemente se aplanchan sobre estas acepciones, las cuales reduciendo o excluyendo la densidad metafísica de los conceptos, terminan por borrar el verdadero significado y no dejar espacio a un significado religioso. Sin espacio metafísico, desde el punto de vista conceptual, la religión no tiene más posibilidad de respiro. La horizontalidad del lenguaje político no esta privado de densas consecuencias negativas sobre la conducción de la política.

Como se ve, un nivel muy importante de la problemática es epistemológico. Si la fe no es “conocimiento” en el verdadero sentido de la palabra, ella se unirá desde el exterior al conocimiento racional, de por si autónomo: pero el conocimiento racional de por si autónomo no es para nada autónomo dado que, como hemos visto, razonar fuera de la fe es caer en el positivismo, y un mundo sin Dios no es un mundo neutro sino que es un mundo sin Dios. La fe entonces es destinada a ser expulsada del cuadro del saber. Hoy hay un “laicismo” que aparece por fuerza como “laicismo epistemológico”. El paso con que esto ocurre es precisamente consolidado: reivindicar una autonomía del plano racional respecto a aquél de la fe que, sin embargo, en realidad, es una expulsión de la fe para la vida. Todo esto tiene repercusiones políticas fundamentales.

[...] Mons. Crepaldi [...] parece querer ir a la raíz y reconocer que la formación política no viene hecha porque a la fe no se le reconoce más -por parte de los católicos, entiendo- un significado cognoscitivo fundante; porqué se acepta la neutralidad de las cuestiones políticas desde la prospectiva de fe. Pero si esta se agrega “después” quiere decir que no se agrega nunca, en cuanto si se agrega después quiere decir que las cosas podrían ir bien también “primero”.

El Papa Benedicto XVI continúa insistiendo sobre esto. Muchas de sus intervenciones, dedicadas a los más variados argumentos, tienen este hilo rojo: su crítica a la absolutización del método histórico crítico, la insistencia con la cual proclama que la obra del teólogo no es nunca sólo conceptual en cuanto la fe cristiana cree en Dios Verdad y Amor, la afirmación que sólo la sabiduría que se abre al misterio es verdadero conocimiento, cuando dice que sin Dios no se tiene un verdadero conocimiento de la realidad, cuando nos explica que cosa es la Tradición: no una manipulación de los eventos históricos, sino una mayor penetración y actualización, no una deformación de las Escrituras sino una iluminación.

Ahora bien, podemos comprender la presencia en el libro del tema de los “principios no negociables”. Sobre ellos Mons. Crepaldi insiste mucho y da a los políticos también las indicaciones de comportamiento muy precisas. Sin embargo no reduce nunca estos principios a indicaciones operativas: ellos, en efecto, recuerdan al fundamento absoluto de la política que sólo la fe cristiana puede garantizar. No son la última barricada reducida, sino el punto de fuerza para “retomar” una brisa y crear un puesto para Dios en la sociedad. Podemos así también comprender como el libro trata el problema del pluralismo religioso, manteniendo vivo el “deber” - como dice la Humanae vitae – de las sociedades en las confrontaciones de la verdadera religión.

El tema del libro es, entonces, si la ciudad del hombre se pueda constituir adecuadamente sin la referencia a la ciudad de Dios. Se trata de la autonomía de lo temporal respecto a lo espiritual, de la naturaleza respecto a la gracia, de la política respecto a la religión. Tema fundamental para todas las épocas, pero especialmente para la nuestra, que parece haber perdido incluso el sentido mismo del problema, y no sólo de sus soluciones. San Agustín se pregunta las causas de la caída de Imperio Romano. Defiende a los cristianos de las acusaciones [...]. El Imperio cayó a causa de los vicios que habían sustituido las antiguas virtudes. Pero esto significa que las virtudes existían también antes del cristianismo. Nota Gilson a este propósito: él lo precisa propiamente para que no se nos engañe sobre el fin específico sobrenatural de las virtudes cristianas. Las virtudes cristianas hacen ciudadanos de otra ciudad [..] Por este motivo retengo que la frase más importante del libro de Mons. Crepaldi es aquella que se encuentra en la página 63, frase que por sí sola vale todo el libro: «Cuando el católico en política busca aclarar a sí mismo el problema del laicismo, pienso que debería hacerse dos preguntas: la primera es si por la construcción de una convivencia social conforme a la dignidad humana, Cristo sea sólo útil o también indispensable. La segunda es si la vida eterna así como la muerte material tengan una relación con la organización comunitaria de esta vida en la sociedad».





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