miércoles, 20 de enero de 2010

Sobre Jordán Bruno Genta - Aclaración

Sobre Jordán Bruno Genta
Aclaración


Publicamos una secuencia de textos en el mismo enlace para tener una comprensión más global del tema:

a) Un artículo de Mario Bunge en el diario Perfil en el que ataca groseramente a Genta.

b) Una carta de Lis Genta al diario en réplica a Bunge.

c) Una nota del Dr. Mario Caponnetto, discípulo de Genta.



* * *


PERFIL
17 de enero de 2010

Ensayo

Los hijos de Heidegger, serviles del autoritarismo

El filósofo Mario Bunge arremete contra los discípulos de Martín Heidegger, un “delincuente cultural”, en especial contra los existencialistas criollos, que se han caracterizado por la defensa de posturas autoritarias, contrarias a la libertad y a la razón. También critica a filósofos como Jacques Derrida y Hannah Arendt. “Muchas de las llamadas filósofas feministas son hostiles a la razón, a la que consideran herramienta ‘falocéntrica’, afirma.


Por Mario Bunge


En una nota anterior, describí brevemente el existencialismo de Heidegger, al que califiqué de pseudofilosofía. A su autor lo llamé Kulturverbrecher, delincuente cultural, porque acuñó moneda intelectual falsa. Hoy me referiré brevemente a algunos de sus secuaces, en particular los primeros existencialistas criollos.

El existencialismo de Heidegger fue importado en Argentina a fines de la década del 30, por Carlos Astrada, quien lo había aprendido del propio Martin Heidegger en Freiburg. Astrada y su amigo Jordán B. (nacido Giordano Bruno) Genta eran tan nazis como su maestro.

Anteriormente, ambos habían sido bien preparados por la filosofía anticientífica que imperaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. En ella se había destacado Coriolano Alberini, discípulo de Giovanni Gentile, el neohegeliano que había escrito junto con Mussolini el artículo sobre el fascismo que apareció en la gran enciclopedia italiana, y se había desempeñado como ministro de Educación del gobierno fascista. La reacción filosófica contra el llamado positivismo (que en realidad era cientificismo) vino de la mano del fascismo. Curiosamente, hoy día muchos sedicentes izquierdistas son tan irracionalistas como los fascistas de mi juventud.

El sobrino de Astrada, criado por éste, me contó que la raíz de la germanofilia de su tío era su odio al Imperio Británico, que en aquella época era la potencia dominante y oprimente en el Río de La Plata. En este respecto, los “nacionalistas” criollos se parecían a los irlandeses: tanto unos como otros estaban más dispuestos a cambiar de collar que a descollarse. No fue coincidencia el que el jefe de la Alianza Nacionalista Libertadora, la milicia fascista argentina, se llamase Patricio Kelly.

Tanto Astrada como Genta hicieron carrera universitaria a la sombra de la dictadura fascista y ultracatólica que subió al poder con el golpe militar del 4 de junio de 1943. Genta fue nombrado rector-interventor de la Universidad Nacional del Litoral. Uno de sus primeros actos fue destituir al matemático José Babini y al historiador de la ciencia Aldo Mieli.

Yo recuerdo nítidamente ese día, el 1º de agosto, porque estaba visitando el Instituto de Historia de la Ciencia, dirigido por Mieli y Babini. El mismo día, mientras cenaba en lo de Babini, me llegó la noticia de la muerte del presidente de la Confederación Argentina de Ayuda a los Aliados, quien poco antes había sido encarcelado por su destacada actuación antinazi. Ese hombre, Augusto Bunge, era mi padre.

En la misma época, el mismo gobierno militar destituyó al profesor Bernardo A. Houssay, el primer argentino en hacer ciencia experimental en el país, así como el primero en organizar un laboratorio con más de cien investigadores que publicaban en revistas de circulación internacional. Houssay fue también el primer argentino en recibir, cuatro años después, un Premio Nobel en ciencias. ¿Puede ser mera coincidencia el que el existencialismo subiera al mismo tiempo que bajaba la ciencia?

Yo reaccioné fundando en 1944 la revista de filosofía Minerva, la que existió solamente seis números, pero circuló por todo el continente. El objetivo central de esta revista era combatir el irracionalismo que llegaba tanto de Alemania como de la Francia fascista, cuyo lema era “Dios, patria y familia”. De hecho, sólo uno de los artículos de la revista trató del irracionalismo: fue el escrito por Alfred Stern, axiólogo austríaco, entonces refugiado en México y que después enseñó en el Califonia Institute of Technology.

Los demás artículos, escritos por filósofos como Francisco Romero, Risieri Frondizi y Rodolfo Mondolfo, el matemático Julio Rey Pastor y el aprendiz de físico que esto escribe, versaban sobre asuntos más importantes. El existencialismo fue objeto de notas breves de mis amigos Isidoro Flaumbaum, Hernán Rodríguez Campoamor y Gregorio Weinberg.

De modo, pues, que Minerva no pudo cumplir su misión. Pero creo que tuvo el mérito de publicar algunos artículos de buen nivel y de difundirlos por todo el continente, en una época en que no había otras revistas latinomericanas de filosofía.

En 1955, al caer el gobierno de Perón, Astrada y Genta fueron cesados en sus cargos, no por imitar a un imitador de la filosofía, sino por haber servido a todos los gobiernos autoritarios que pudieron. Poco después, Genta fue asesinado por el grupo guerrillero trotskista, que lo acusó de haber sido la musa de la Fuerza Aérea, la más fascista de las tres Fuerzas Armadas. Astrada, que no había actuado en política, siguió escribiendo y terminó cerca del marxismo.

En 1957, cuando ingresé en la Universidad de Buenos Aires como profesor de Filosofía de la Ciencia, no tuve si no un colega existencialista, un oscuro profesor adjunto de Etica (disciplina imposible según Heidegger). Dado que algunos estudiantes querían saber qué era el existencialismo, dos años después ofrecí un seminario sobre el texto de Heidegger acerca de la verdad. Como corresponde, nos reuníamos en el subsuelo, lo más cerca posible del infierno.

En ese seminario no aprendimos mucho, pero nos divertimos analizando algunas afirmaciones típicas del Oráculo de Freiburg. Dos de ellas eran “La esencia de la verdad es la libertad” y “La esencia de la libertad es la verdad”. De ellas se deduce que la verdad es idéntica a la esencia de su propia esencia. Estas afirmaciones no sólo carecen de sentido y por lo tanto no son siquiera falsas, sino que son extrañas por provenir de un conocido servil de un régimen liberticida.

En América latina, todos habían oído hablar del existencialismo y en mi círculo, sabíamos que Heidegger había militado en el Partido Nacionalsocialista y había sido designado rector de la Universidad de Freiburg por el propio Hitler. Incluso conocíamos, por un folleto del biólogo Julian Huxley, lo esencial del discurso inaugural de Heidegger, de un servilismo repugnante.

En cambio, en Norteamérica nadie había oído hablar de Heidegger hasta que Jacques Derrida fue a la Universidad Yale en la década del 80. Y en Gran Bretaña se habló sobre maestro y discípulo sólo cuando la Universidad de Cambridge rehusó conferirle un doctorado honorario a Derrida por haber denigrado el diálogo racional, núcleo de la vida académica. Es verdad que en 1927 Gilbert Ryle, influyente acólito de Wittgenstein, había reseñado favorablemente Sein und Zeit en Mind, pero se redimió durante la guerra, al trabajar en el servicio secreto británico. Además, supongo que Ryle aplicó el llamado principio de caridad, caro a quienes carecen de convicciones filosóficas.

Los discípulos de Heidegger que emigraron, en particular Hannah Arendt, Hans Jonas, Herbert Marcuse, y Karl Löwith, no abjuraron explícitamente de las doctrinas de su maestro, aunque se guardaron de mencionarlo en sus escritos. Herbert Marcuse fue el único de ellos que le pidió a su maestro que abjurase públicamente de su filonazismo, y el único que viró a la izquierda, lo que casi le costó su cátedra en la Universidad de California.

¿A qué se deberá la fascinación que inspiró ese siniestro charlatán de la hermosa Selva Negra? Supongo que, en el caso de los cortos de ingenio, se debió a que confundieron oscuridad con profundidad, y a que creían que todo lo que exportaba Alemania era de buena calidad.

Y en el caso de quienes no eran ingenuos ni malvados, su respeto por el gran charlatán se debió a que querían hacer carrera o estar a la moda. Creo que esto último vale para los discípulos alemanes de Heidegger, casi todos ellos judíos pese a que su maestro era antisemita.

Tal vez sea éste también el caso del último Husserl, ya que su escritura, nunca lúcida, se hizo más hermética que nunca después de que su discípulo dilecto lo reemplazara en la cátedra de Freiburg. En particular, su Crisis de las ciencias europeas, que redactó en 1936, tiene largos pasajes que parecen salidos de un manicomio. A Ortega y Gasset, lúcido y sobrio antes de asistir a un curso de Heidegger, le ocurrió algo parecido durante unos pocos años. En cambio, su discípulo, mi amigo José Ferrater Mora, evolucionó al revés: del existencialismo al racionalismo realista y materialista.

A propósito, antes de ser llamado a Freiburg, Heidegger se había presentado a concurso en Berlín, pero el jurado consideró que sus credenciales eran insuficientes. Este fue el motivo por el cual redactó Ser y tiempo, el libro que lo hizo famoso de la noche a la mañana. Esta tarea le insumió menos de un año, y el cumplirla le valió la cátedra. Si la universidad alemana hubiera sobresalido en las humanidades tanto como en las ciencias, Heidegger jamás hubiera pasado de ser “profesor extraordinario” (o sea, de segunda categoría) y, por lo tanto, su palabra jamás habría sido considerada sagrada. En este caso, el empeño por hacer cumplir la regla “Publica o perece” tuvo una consecuencia perversa.

En 1960, cuando mencioné a Heidegger en uno de mis cursos en la Universidad de Pennsylvania, los estudiantes me miraron asombrados: nunca habían oído su nombre. ¡Cómo cambiaron las cosas en los últimos años! Hoy día, los programas de filosofía de varias universidades norteamericanas y canadienses incluyen cursos obligatorios sobre existencialismo. También hay escuelas de aquitectura en las que es de rigor leer textos de discípulos de Heidegger, tales como Hannah Arendt. Esto se debe en parte a que esta escritora pasa por ser la fundadora del posmodernismo, y a que muchas de las llamadas filósofas feministas son hostiles a la razón, a la que consideran herramienta “falocéntrica”.

En resumen, los hijos de Heidegger no superaron a su maestro, ni siquiera en acrobacia verbal. Lo imitaron en abstenerse de tratar lúcidamente problemas filosóficos. Ignoraron el dicho de Henri Bergson, “La claridad es la cortesía del filósofo”. Pero supieron que, cuando se carece de buenas ideas, en las malas universidades se puede hace carrera escribiendo en difícil, porque siempre hay tontos que confunden oscuridad con profundidad. Hay incluso ingenuos que creen que eso es “pensamiento alternativo”, o sea, disidente, cuando de hecho no es sino una alternativa al pensamiento.



* * *


Buenos Aires, 18 de Enero de 2010


Sr. Director de
Perfil
____________


De mi consideración:

Como hija de Jordán B. Genta y asistente durante años a sus cursos de filosofía, pido se me conceda el derecho a réplica. El “ensayo” del señor Mario Bunge, publicado en la edición del pasado domingo 17 de enero, "Los hijos de Heidegger, servidores del autoritarismo", está lleno de inexactitudes respecto de mi padre. No puedo afirmar si por mera ignorancia o malevolencia del autor.

Mi abuelo, ferviente ateo, anarquista en lo intelectual y cabal burgués en sus negocios, quiso, efectivamente, que mi padre naciera como Giordano Bruno; pero un lúcido e ignoto funcionario del Registro Civil se lo impidió. Así, mi padre nació como vivió y murió, es decir, como Jordán Bruno. Es fácil constatarlo consultando el Acta de Nacimiento del Registro Civil de Buenos Aires. Esta es, pues, la primera falsedad de Bunge.

La segunda, también fácil de demostrar, es que fue dejado cesante en 1955. La cesantía le llegó una década antes, en mayo de 1945 y se debió a sus disidencias con Juan D. Perón. Por cierto, la pasamos muy mal económicamente durante todos esos años del peronismo porque hasta que no llegó la ley de enseñaza libre ningún colegio, ninguna universidad privada se animó a darle ni una hora de cátedra.

Mi padre fue asesinado por el ERP 22 de Agosto pero no poco después de su presunta cesantía en 1955 -como sostiene Bunge- sino muchos años después de su cesantía real y de aquel año de la caída de Perón. Fue exactamente el 27 de octubre de 1974 y, según tuvieron la amabilidad de informarnos los mismos asesinos en una carta amenaza dirigida al Director de Cabildo, Ricardo Curutchet, por reconocerlo como un “soldado de Cristo Rey” y no una “musa”. Sí, debo reconocer que tuvo influencia en la Fuerza Aérea y en oficiales jóvenes de otras Fuerzas por su doctrina de Guerra Contrarrevolucionaria que fue su principal preocupación desde doce años antes de que la Guerra Revolucionaria se declarara en nuestro país.

Respecto del tema central del ensayo de Bunge debo decir que nunca supe que Heidegger hubiese tenido influencia alguna en el camino filosófico de mi padre; sí la tuvo, y mucha, el gran filósofo judío francés Henri Bergson cuyo pensamiento llegó a la Argentina de la mano de Coriolano Alberini a quien mi padre consideró siempre su maestro. Bergson llevó hasta las puertas de la conversión al catolicismo a los mayores intelectuales franceses de la época. Alberini era agnóstico pero respetó el camino filosófico de mi padre (distinto del suyo) y su conversión religiosa. Mi padre se bautizó en 1940. Fue ateo y comunista hasta que se encontró con Alberini. Siempre nos decía que del marxismo lo había sacado Alberini con su aguda ironía con la que destrozaba a los sistemas en boga.

El periplo filosófico de mi padre fue largo y lento. Leyó y estudió a los griegos (Platón y Aristóteles) después de su egreso de la Universidad positivista en la que aquellos estaban desterrados. “Hay que desaristotelizar la Universidad” era la consigna, entre otros, de Francisco Romero del cual fue mi padre discípulo predilecto y a quien veía como a su sucesor (tengo las cartas). Así llegó al tomismo a través de Maritain (su obra Los grados del saber tuvo una influencia decisiva en mi padre). Pero Francisco Romero, que no tenía la grandeza de Alberini, jamás le perdonó a Genta este camino; el tomismo de mi padre lo enfurecía y lo desconcertaba a la vez. Me pregunto quienes son los autoritarios en materia científica y filosófica.

Por mi parte puedo dar testimonio de que en las clases de mi padre fui educada en el respeto a todos los pensadores. Aunque sus caminos y sus búsquedas lo llevaron a abrazar la filosofía tomista, mi padre siempre citaba largamente a todos los grandes: Hegel, Nietzche, Husserl, el mismo Heidegger, Bergson especialmente; nos decía que todo aquel que hubiera descubierto una cuota de verdad y de bien, fuera quien fuera (tuviera ideas filosóficas o políticas distintas) debía ser escuchado y merecía ser admirado. Nunca escuché que osara referirse a ninguno de ellos llamándolo “delincuente cultural”.

Realmente hay que tener una gran confusión mental para mezclar el lema “Dios, Patria, Familia” con la ideología nazi que no es cristiana sino pagana. Mi padre admiró a varios pensadores y dirigentes políticos de su tiempo aunque no coincidieran del todo con las líneas filosóficas de su pensamiento. Puedo nombrar a José Antonio Primo de Rivera, Eugenio D’Ors, Francisco Franco, Oliveira Salazar, Codreanu, Monseñor Tiso, Charles Maurras y tantos otros. En cuanto al fascismo puedo atestiguar que sentía una gran admiración por el largo y singular camino cumplido por Mussolini desde su ateismo socialista inicial hasta su conversión religiosa, en las postrimerías de su vida: solía leer y repetir una página en la que el fundador del fascismo reconoce a Cristo como el eje y centro de la historia. Compartía, también, el sentido de patria y de justicia social del fascismo pero no el pensamiento de Gentile, filósofo del fascismo.

A decir verdad, Mario Bunge, con su desagradable falta de respeto hacia Heidegger y a todos los que no piensan como él, me recuerda a ciertos católicos que creen que insultando o despreciando a los filósofos modernos defienden la verdad y la tradición.

Mi padre vivió, enseñó y murió por la verdad. Pero nos dejó como legado que a la verdad se la sirve con caridad. Estas cosas, sin duda, le resultarán absolutamente ajenas a la obsoleta mentalidad cientificista de Mario Bunge.

Saludo a usted atte.


María Lilia Genta



PD: No encontré entre la profusa correspondencia de mi padre ninguna carta o nota de Carlos Astrada. Tampoco escuché hablar de él en mi casa (como sí de Alejandro Korn, Romero, Alberini y otros personajes anteriores a la época que yo puedo recordar). Astrada publica, en el primer número de los Cuadernos de Filosofía, en 1948, el artículo El problema de la verdad, de Martín Heidegger. Yo tenía entonces ocho años. Esto no excluye que Astrada y mi padre se hayan conocido pero no creo que fuesen amigos como afirma Bunge.


* * *


Mario Bunge y las palomas de Flourens
Mario Caponnetto


Mario Bunge es uno de los últimos sobrevivientes del cientificismo decimonónico. Su reloj filosófico atrasa casi un siglo; y como no tiene ojos para ver la Verdad sin tiempo su condición es realmente penosa. No se da cuenta de que el racionalismo que profesa ha generado múltiples reacciones en la filosofía contemporánea, reacciones que, en su mayoría, han terminado llevándose por delante la misma razón, es cierto. Bunge se vuelve contra tales expresiones del irracionalismo -y hay que reconocer que casi siempre con justa causa-; pero en vez de enfrentarlas con la propuesta de una razón abierta a la plenitud de lo real se abroquela en su racionalismo perimido, exacerbado y malhumorado. Así anda a los tumbos, tirando piedras acá y acullá, con manotazos de ciego. Me hace acordar a las palomas descerebradas de Flourens. En efecto, el gran fisiólogo francés Pierre Flourens fue el que inició, en el siglo XIX, el método experimental para investigar el sistema nervioso. Solía para ello producir lesiones experimentales en el cerebro o en el cerebelo de palomas y observar el comportamiento de aquellos animalitos. Pues bien, las palomas -privadas de la indemnidad de su cerebelo- no sólo no podían ya volar: tampoco podían andar sobre la tierra pues, afectadas de ataxia cerebelosa, no acertaban a dar un paso en dirección correcta hasta que, finalmente morían, pobres y pequeños manojos de carne y plumas.

El pasado 17 de enero Mario Bunge escribe en el diario Perfil un artículo en el que una vez más hace gala de su ataxia filosófica. La nota, pomposamente rotulada como un “ensayo” -no sabemos si por el propio autor o por la redacción del diario-, lleva por título Los hijos de Heidegger, serviles del autoritarismo. En ella recuerda Bunge una nota anterior suya contra el existencialismo y, en especial, contra Heidegger al que califica de “delincuente cultural” porque, sostiene, “acuñó moneda intelectual falsa”. Pero, en realidad, esta vez los picotazos de paloma descerebrada van dirigidos contra “los primeros existencialistas criollos” (es decir, argentinos) a quienes acusa de ser serviles de todos los gobiernos “autoritarios” que ha padecido nuestro país. El razonamiento atáxico de Bunge es este: puesto que Heidegger es un pseudo filósofo y, por añadidura, nazi, sus epígonos argentinos son, por necesidad, tan falsos filósofos y tan nazis como su mentor alemán. Juicio inapelable que no admite réplica.

La nota está llena de exabruptos y de consideraciones que no me interesa comentar ahora. Tampoco me interesa ensayar una defensa de Heidegger ni del existencialismo: no habito filosóficamente en esas latitudes y doy por sentado que tanto el uno como el otro tienen quienes los defiendan mejor de lo que yo pudiera hacerlo. Aunque, de todos modos, estimo que Heidegger y su obra merecen, cuanto menos, un poco de respeto. Sí me interesa, en cambio, y mucho, salir en defensa de la venerable memoria de mi maestro, Jordán Bruno Genta, contra quien Bunge intenta varios picotazos de paloma moribunda.

Vamos por parte: poner a Genta entre los “hijos” criollos de Heidegger es un grueso error de clasificación, de casillero; es casi como afirmar que Carlos Marx es un Padre de la Iglesia. Es notorio que respecto de Genta Bunge no tiene más fuentes de información que una serie de confusiones de fechas y de escenarios a las que suma algunas de las viejas calumnias y las antojadizas especies echadas a andar por los enemigos políticos de aquel desde los lejanos tiempos de su actuación universitaria en los años 40: así, lo hace nacer Giordano Bruno sin reparar que se trata de una grosera falsedad, tantas veces refutada con el Acta de Nacimiento en la mano; le inventa una supuesta amistad con Carlos Astrada, con quien habría introducido a Heidegger en la Argentina; sostiene que hizo su carrera universitaria “a la sombra de la dictadura fascista y ultracatólica que subió al poder con el golpe militar del 4 de junio de 1943” ignorando que esa carrera comenzó en Santa Fe en el año 1934 y que todas las cátedras fueron ganadas por concurso de oposición y antecedentes; afirma que fue cesanteado junto con Astrada en 1955 a la caída de Perón cuando es más que notorio, público y documentado que Genta, enfrentado a Perón desde los tempranos días del GOU, fue dejado cesante en 1945; finalmente sostiene que poco después (es decir de 1955 el año de la supuesta cesantía) fue asesinado “por el grupo guerrillero trotskista, que lo acusó de haber sido la musa de la Fuerza Aérea, la más fascista de las tres Fuerzas Armadas” sin haber reparado que Genta fue asesinado por un comando del “ERP 22 de agosto” en octubre de 1974. Diecinueve años después no es “poco tiempo después”. Aquí a la ataxia se ha sumado, evidentemente, la desorientación témporo-espacial.

Mención aparte merece el breve período en el que Genta fue Rector Interventor de la Universidad del Litoral, cargo sí al que accedió por expresa decisión del Gobierno Militar surgido del pronunciamiento del 4 de junio de 1943. A Genta se le encomendó una misión: restablecer la vida universitaria desquiciada tras años de Reforma y dominada por una anquilosada mentalidad positivista y laicista cerrada a toda apertura y renovación del pensamiento. Tal como lo señaló Genta en su discurso de asunción del Rectorado, el lema de aquella Universidad era este: “Hay que desaristotelizar la Universidad”. Era el lema de la barbarie impuesto en nombre de la razón y de la libertad. Genta emprendió la tarea con todo su entusiasmo juvenil, con la pasión y el ardor que caracterizaron su magisterio a lo largo de toda su vida. La reacción no se hizo esperar. Se puso en marcha una campaña sostenida de difamación y de ataque permanente que llegó, incluso, al extremo del amedrentamiento físico contra la familia del Rector; en efecto, un grupo de activistas reformistas exaltados rodeó, un día, a la hija del matrimonio Genta que paseaba por la calle, con evidente ánimo de agresión; felizmente la decidida acción de la niñera que cuidaba de la pequeña evitó mayores consecuencias. Así las gastaban los mentores de la libertad, la razón, la ciencia y la democracia universitaria. Fueron épocas agitadas y turbulentas. Alguna vez habrá que escribir sine ira et studio la historia de esos días.

Bunge termina su nota atribuyendo a Bergson una frase de Ortega y Gasset: “la claridad es la cortesía del filósofo”. Digamos que también lo es la verdad y la exactitud de los datos que se manejan. Tal vez hubiera sido un gesto de cortesía de parte del señor Bunge consultar alguno de los tantos manuales de historia de la Filosofía en la Argentina. Habría evitado, de este modo, confundir a los desprevenidos lectores con la historia de un Genta heideggeriano y peronista que sólo existe en su imaginación de filósofo ofuscado.




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