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jueves, 20 de diciembre de 2012

Tú eres Pedro - Mons. Fernando Sebastián Aguilar

«Tú eres Pedro»
Mons. Fernando Sebastián Aguilar


[...] En estos tiempos los cristianos necesitamos tener una idea clara de la función de Pedro y de sus sucesores en la constitución de la Iglesia y en nuestra vida personal de fe. El Obispo de Roma es el sucesor de Pedro, el Apóstol a quien Jesús eligió para ser el apoyo firme de la fe y de la vida religiosa de sus discípulos. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18-19). “He rezado por ti para que tu fe no desfallezca. Cuando estés fuerte confirma a tus hermanos” (Lc 22, 31). “Si me quieres cuida de mi rebaño” (Cf. Jn 21, 17). Los Apóstoles reconocieron a Pedro la función de la presidencia de todos ellos. Cuando Jesús subió al Cielo, Pedro presidía la vida y las actividades de los Doce.

En la tarea de anunciar el evangelio, Pedro pasó de Jerusalén a Antioquia, en Asia Menor, y luego de Antioquia a Roma. Roma era el centro del mundo conocido. Situarse en Roma era una manera de manifestar la universalidad del evangelio de Jesús y de impulsar la difusión de la fe cristiana por toda la amplitud del mundo.

Hay testimonios muy antiguos de que los Obispos de todo el mundo se sentían vinculados a la tradición cristiana de Roma. La huella de Pedro ha dado a la Iglesia de Roma ese papel de ser referencia para todas las demás Iglesias, garantía de la autenticidad y de la unidad católica de la fe y de la vida de todos los cristianos.

martes, 19 de abril de 2011

La herida Pagola - Francisco José Fernández de la Cigoña

La herida Pagola
Francisco José Fernández de la Cigoña


Las heridas tienen que curarse cuanto antes pues en otro caso se emponzoñan


Las heridas mal curadas se infectan. Y con Pagola está ocurriendo eso. El pus de la división cada día es mayor. La lentitud de los procesos vaticanos podría valer cuando los medios de comunicación apenas decían nada y estaban al alcance de poquísimos. Hoy no es así. Y las demoras curiales contribuyen a que todo se emponzoñe.

El mismo Pagola tiene derecho a saber si sus tesis son católicas o no. Y los demás miembros de la Iglesia también. Con ello se evitaría esta división que está adquiriendo aspectos de guerra fratricida.

En un par de días han aparecido tres artículos que deberían bastar a la Congregación para la Doctrina de la Fe para acelerar su juicio sobre Pagola.

martes, 15 de marzo de 2011

La Edad del Papa Incómodo - Stefano Fontana

La Edad del Papa Incómodo
Stefano Fontana


Recojo en este libro, tres años de artículos publicados en el “loccidentale.it”, desde el 5 de junio del 2007 al 2 abril 2010, desde el secuestro del padre Giancarlo Bossi en Filipinas a las cuestiones de los padres pedófilos, pasando a través de Bush y Ratzinger, las persecuciones de los cristianos y los católicos democráticos, las parejas de hecho y los derechos humanos, la emergencia educativa y la píldora RU486, Prodi y la Caritas in Veritate, los teodem y los teocon, las contestaciones a la Sapiencia y la lista de Giuliano Ferrara, Hamas e Israel, Ratzinger en Ground Zero y en el College des Bernardins, la biopolítica y el cardenal Bagnasco, las elecciones políticas y aquellas regionales, las masacres de los cristianos y los proyectos culturales del cardenal Ruini, las ambigüedades de la ONU sobre los derechos humanos y las masacres de niños, las falsas seducciones del ecologismo y el Patio de los Gentiles, el referéndum sobre minaretes y la admisibilidad del burka, los anglicanos y los sacerdotes pedófilos. Tres años son bastante. Nos olvidamos rápidamente de las cosas. Releer puede ser útil.

Pero no es una relectura a la moda. No se concede mucho al estándar siempre difuso que quisiera el católico abierto y conocedor de todo aquello que sucede, porque el mundo es amado, de todas maneras. El mundo es amado, pero propiamente por esto también es reprobado. Hoy parece que los pecados más graves sean votar a Berlusconi, desperdiciar agua cuando nos lavamos los dientes, decir que la teoría evolucionista no explica todo, negar que el subdesarrollo sea sólo culpa de nuestros ricos, halar las orejas con sospecha cuando habla Veronesi en TV, no leer los libros de los Odifreddi y sobre todo permitirse cualquier crítica al comercio justo y solidario, el pacifismo del arco iris y a la disminución de Serge Latouche.

Nada de eso en las páginas de este libro. Yo soy un católico que escucha el Papa: Roma locuta causa finita est. Creo que el punto de partida es la fe apostólica y no la praxis de liberaciones, no creo que el mundo, en cuanto puro mundo, pueda enseñarnos tanto: dado que tiene necesidad de ser salvado no puede salvar. No me han apasionado nunca los mesianismos sin Dios y las nuevas religiones del ecologismo, del pacifismo de las marcas, del tercermundismo y de la disminución ni saber tanto de idolatrías. Quiero los pocos “principios no negociables” que, me obligan a decir sì, sì o no, no, sin titubeos y mil distinciones. Y cuando no logro entender hasta el fondo como están ciertas cosas complejas, miro que me dice la Iglesia, y me fío. De lo demás, ¿a quién podré ir?. No soy un católico adulto, siento la necesidad de ser guiado. Pienso que el Evangelio valga más que la Constitución. Pienso, sin embargo, que el Evangelio no basta; si con el slogan “el Evangelio basta” se quiere negar la enseñanza de la Iglesia, la dimensión pública de la fe cristiana, la necesidad de defender no sólo las focas sino también los niños apenas concebidos, el autoritarismo de la conciencia individual que es la principal esclavitud de nuestros días.


lunes, 7 de marzo de 2011

El Papa: para redimir al mundo es necesario conocer la Verdad, Cristo

El Papa: para redimir al mundo es necesario conocer la Verdad, Cristo


Anticipación del segundo volumen del libro “Jesús de Nazaret”


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 2 de marzo de 2011 (ZENIT.org).- “La no-redención del mundo” consiste “en no reconocer la verdad”, que “se hace reconocible si Dios se vuelve reconocible”, y esto sucede “en Jesucristo”.

El Papa Benedicto XVI lo afirma en el segundo volumen de su libro “Jesús de Nazaret”, que será presentado el próximo 10 de marzo y trata desde la entrada a Jerusalén hasta la resurrección. L'Osservatore Romano ha adelantado algunos fragmentos del texto.

En el capítulo titulado “El proceso a Jesús”, el Papa se pregunta quienes fueron sus acusadores.

miércoles, 19 de enero de 2011

La gracia amarga del hermano Cortés: progresismo eclesial - Luis Fernando Pérez Bustamante

La gracia amarga del hermano Cortés: progresismo eclesial
Luis Fernando Pérez Bustamante


Empiezo por reconocer que Religión Digital se apuntó un gran tanto cuando fichó a José Luis Cortés, que se ha convertido en el viñetista de referencia de dicho portal religioso. Y en comunión plena con su línea editorial.

No estamos ante un hombre que empiece en esto del “humor". No hay más que leer el perfil que él da de sí mismo:

Nací en Málaga, y tenía 17 años cuando comenzó el Concilio Vaticano II. Mis estudios con la Congregación Salesiana me llevaron primero a Puerto Rico, luego a la República Dominicana y, finalmente, a Italia. Sin embargo, la ordenación sacerdotal la recibí como sacerdote secular, y durante unos años ejercí el ministerio en la parroquia de San Atanasio, en el barrio de Tetuán, de Madrid.

En 1981 empecé a trabajar en un gran grupo editorial, en el que desarrollé distintas responsabilidades, y con el cual también tuve ocasión de trabajar con una compañía francesa y, más tarde, durante seis años, viviendo en Italia. En este grupo me acabo de jubilar, el 17 de octubre.

Mis primeros dibujos se publicaron en la revista “Vida Nueva” en 1975, y de 1976 data mi primer libro de cómics, “¡Qué bueno que viniste!”, al que han seguido otros cuantos hasta el último, “Pablo, el de los pueblos”.

No me queda claro si Cortés abandonó el sacerdocio o si lo sigue ejerciendo. En todo caso se le conoce sobre todo por sus cómics. Y el que no le conociera, lo puede hacer ahora leyéndole en RD.

Es evidente que el “hermano Cortés” tiene talento. Sus mensajes son directos, agudos, penetrantes, explícitos, contundentes. Su problema, aunque no tengo nada claro que él lo vea como problema, es que su amargura contra la Iglesia y la fe católica sobrepasa con creces su talento. Representa a la perfección el tipo de creyente “progre” que no puede evitar sentirse incomodísimo en la Iglesia Católica. Valgan como ejemplo estas dos viñetas:




Podría poner muchos más ejemplos, pero con esos dos basta. Quien es capaz de dibujar y escribir eso demuestra que desprecia miserablemente a la Iglesia de la que se supone que forma parte. Eso sí, consigue el aplauso de los que, como él, quieren otra Iglesia. Y añado que tienen derecho a querer otra iglesia. Lo que no tiene sentido es que permanezcan en la nuestra. Es decir, en la Iglesia del Papa, de los obispos y sacerdotes en comunión con él, de la totalidad de los concilios, del Credo, del Catecismo, de los religiosos que no han traicionado su carisma, de los católicos fieles al Magisterio, etc.


miércoles, 12 de enero de 2011

Las Memorias Incómodas del Cardenal Biffi - Sandro Magister

Las Memorias Incómodas del Cardenal Biffi
Sandro Magister


Está a la venta en librerías la nueva edición de su autobiografía. Con cien páginas más y muchas sorpresas: sobre el post-concilio, los judíos, la mujer, la castidad, la homosexualidad. A continuación un anticipo.


ROMA – El pasado 18 de Noviembre del 2010 salió a la venta en las librerías italianas la nueva edición ampliada de las memorias del cardenal Giacomo Biffi, de 82 años de edad, milanés, arzobispo de Boloña desde 1984 hasta el 2003.

La primera edición del libro, publicada en el 2007, impactó muy fuerte. En la Cuaresma de ese mismo año Benedicto XVI había llamado a Biffi para predicar los ejercicios espirituales en el Vaticano.

De ese primer volumen impactaron los juicios con los que el cardenal criticaba la ingenuidad de Juan XXIII, los frutos negativos del Concilio Vaticano II, los silencios sobre el comunismo, los "mea culpa" de Juan Pablo II y tantas otras cosas más.

También esta nueva edición suscitará seguramente comentarios. Al hacer un recorrido de su vida, Biffi ha agregado nuevos capítulos y nuevas reflexiones, siempre con su estilo punzante, irónico y anticonformista.

Las páginas agregadas son un centenar, de las que anticipamos, líneas abajo, tres extractos: sobre las aberraciones del post-concilio, sobre la Iglesia y los judíos, sobre la ideología de la homosexualidad.

Pero en esta segunda edición del libro hay muchas otras cosas nuevas.

Todo un capítulo está dedicado, por ejemplo, al "desafío de la castidad", con reflexiones originales y sorprendentes sobre la respuesta cristiana – incluido el celibato "por el reino de los cielos" – a las teorías y a las prácticas sexuales dominantes.

Otra amplia "acotación" se refiere a la concepción que el cristianismo tiene de la mujer, revolucionaria respecto a las que han prevalecido en diferentes épocas y en diferentes culturas.

Otras páginas vuelven a un Papa muy criticado, Pío IX, con observaciones agudas sobre las decisiones a largo plazo que él tomó.

Además, como milanés de pura sangre que es, el cardenal Biffi no se calla sobre las vicisitudes del rito ambrosiano, el antiquísimo y espléndido rito litúrgico en uso en la diócesis de Milán desde los tiempos de san Ambrosio.

Luego de haber corrido serios riesgos de ser abolido inmediatamente después del Concilio, el rito ambrosiano ha sido adaptado a las novedades conciliares, con un imponente trabajo del cual Biffi ha sido uno de los protagonistas, cuando era obispo auxiliar de Milán.

Pero recientemente ha sucedido algo que el mismo Biffi ya ha denunciado públicamente, y que resume de este modo en la nueva edición de sus memorias:

"A partir del año 2008, la serie de los libros ambrosianos ha comenzado a acrecentarse con los volúmenes de un sorprendente leccionario ofrecido a los cultores de la liturgia milanesa.

"Allí se encuentra de todo: arqueologismos triviales y a veces también engañosos; riesgosas iniciativas rituales; perspectivas teológicas poco fundadas y equívocas; propuestas pastorales sin un buen sentido e inclusive algún curioso atractivo lingüístico.

"Es una empresa de gran envergadura, audaz sin ninguna duda y ambiciosa; más audaz que sabia, más ambiciosa que iluminada. Permanecerá viva largo tiempo en la memora sorprendida de nuestra Iglesia.

"Ahora sólo podemos confiar en la esperanza que un 'opus singulare' como éste no se convierta en el primer ejemplo de una nueva serie de textos litúrgicos, elaborados con análogo descaro y con el mismo deplorable resultado".

Hay otra referencia a la diócesis de Milán en un capítulo que el cardenal Biffi ha agregado hacia el final del libro, para confortar a quien teme una declinación o inclusive una desaparición del cristianismo en el mundo.

Para mostrar que Dios "puede siempre torcer a favor de los creyentes las situaciones que aparentan ser las más desesperadas", Biffi presenta dos ejemplos.

El primero es el nombramiento de Ambrosio en el año 374 como obispo de Milán:

"Luego de veinte años de episcopado de Ausencio, un hombre de fe contaminada, desposado con la emperatriz arriana Justina y dócil instrumento de la intromisión de la corte en la vida de la 'nación santa', humanamente hablando nadie hubiera apostado una moneda sobre la recuperación del catolicismo milanés. Pero vino Ambrosio y cambió todo. 'Luego de la tardía muerte de Ausencio – escribe san Jerónimo en su 'Chronicon' – Ambrosio se convierte en obispo de Milán y toda Italia retornó a la verdadera fe".

El segundo ejemplo es la llegada de Carlos Borromeo en 1566 como pastor de la diócesis:

"En la segunda mitad del siglo XVI, luego del largo período en el que fue imposible encontrar “de facto” pastores nombrados (formando parte del episcopado, entre otros, los dos mundanos prelados de Ferrara, Hipólito I e Hipólito II de Este) ninguno podía decentemente esperar un reflorecimiento del cristianismo ambrosiano. Pero en 1566 llegó Carlos Borromeo, un cardenal de veintisiete años, y comenzó la verdadera 'Reforma católica' ".

Comenta Biffi:

"En ambos casos el milagro se produjo a través del comportamiento indecente de los hombres. La elección episcopal de Ambrosio, un leal y hábil funcionario imperial, estaba en los planes de Valentiniano I para aumentar su intromisión política en la vida eclesial. La carrera de Carlos Borromeo comenzaba gracias al deplorable nepotismo del papa Pío IV, hermano de su mamá.

"Es, una vez más, el humorismo de Dios, quien se divierte sacando el bien del mal. Como se ve, también en las estaciones más deprimentes el pueblo de los creyentes puede siempre mirar a lo alto, rezar con ánimo sereno y esperar".

En este capítulo no dice una sola palabra sobre los obispos de Milán de los últimos treinta años. Pero basta leer todo el libro de memorias para entender cómo los juzga Biffi.

Para él, la época luminosa de los grandes obispos de Milán en el siglo XX – herederos genuinos de san Ambrosio y de san Carlos Borromeo – ha concluido con Giovanni Colombo, mientras que sus sucesores Carlo Maria Martini y Dionigi Tettamanzi no han brillado en absoluto. Después de ellos, solamente hay que esperar otro "milagro".

Por último, otro capítulo nuevo de este libro del cardenal Biffi se refiere a Giuseppe Dossetti, político y luego sacerdote, hombre clave del Concilio Vaticano II, personalidad extraordinariamente influyente en la cultura católica de las últimas décadas, no sólo en Italia.

Biffi conoció bien a Dossetti, quien vivía en la diócesis de Boloña. Lo define como un "auténtico hombre de Dios" y como un "discípulo generoso del Señor". Pero ante la pregunta: "¿Ha sido también un verdadero teólogo y un maestro confiable en la sagrada doctrina?", la respuesta del cardenal es no.

Un no muy fundamentado, que seguramente planteará discusiones.

A continuación tres muestras de las muchas novedades contenidas en la segunda edición de las memorias del cardenal Biffi.


martes, 23 de noviembre de 2010

Conociendo más de cerca al Papa Ratzinger

Conociendo más de cerca al Papa Ratzinger


Hoy se ha presentado en la Sala de Prensa Vaticana el libro “Luz del mundo” que recoge los diálogos del Papa Benedicto XVI con el periodista alemán Peter Seewald. Desde mañana estará oficialmente a la venta. Mientras esperamos leer el libro completo, ofrecemos nuestra traducción de unos bellísimos extractos, publicados por el periódico Avvenire, en los que podemos conocer más de cerca a Benedicto XVI, sus sentimientos al momento de la elección pontificia, su visión del ministerio petrino, así como algunos detalles de su vida cotidiana.


***


-Santo Padre, el 16 de abril de 2005, en el día de su 78º cumpleaños, usted comunicaba a sus colaboradores cuánto deseaba su jubilación. Tres días después, se encontró siendo el Jefe de la Iglesia universal que cuenta con mil doscientos millones de fieles. No es precisamente la tarea que se reserva para la vejez.

Realmente había esperado encontrar paz y tranquilidad. El hecho de encontrarme de improviso frente a esta tarea inmensa ha sido para mí, como todos saben, un verdadero shock. La responsabilidad, de hecho, es enorme.


-Hubo un momento del cual, más tarde, usted dijo haber tenido la impresión de sentir un “hacha” caerle encima.

Sí, en efecto, el pensamiento de la guillotina me ha venido: he aquí, ahora cae y te golpea. Estaba segurísimo de que este cargo no habría estado destinado para mí sino que Dios, después de tantos fatigosos años, me habría concedido un poco de paz y de tranquilidad. Lo único que llegué a decir, que logré aclararme a mí mismo, ha sido: “Evidentemente, la voluntad de Dios es diversa, y para mí comienza algo completamente diverso, algo nuevo. Pero Él estará conmigo”.


-En la así llamada “Sala de las lágrimas”, desde el inicio del Cónclave, están listas para el futuro Papa tres vestiduras: una larga, una corta y una media. ¿Qué ha pensado en aquella habitación de la cual se dice que, en ella, más de un nuevo Pontífice se ha quebrado?. ¿Es allí que, por última vez, se pregunta: ¿por qué yo?. ¿Qué quiere Dios de mí?

En realidad, en aquellos momentos uno está con cuestiones muy prácticas, exteriores: en primer lugar, cómo ajustarse las vestiduras y cosas similares. Sabía que poco después, desde la Logia central, tendría que pronunciar algunas palabras, y comencé a pensar: “¿Qué podría decir?”. Por otro lado, desde el momento en que la opción cayó sobre mí, sólo he sido capaz de decir esto: “Señor, ¿qué me estás haciendo?. Ahora la responsabilidad es Tuya. ¡Tú me debes conducir!. Yo no soy capaz de esto. ¡Si Tú me has querido, ahora debes ayudarme!”. En este sentido, me he encontrado, por así decir, en un diálogo muy apremiante con el Señor para decirle que si hacía una cosa, entonces debía hacer también la otra.

sábado, 30 de octubre de 2010

Ciencia debe orientarse al auténtico bien del hombre, dice el Papa Benedicto XVI

Ciencia debe orientarse al auténtico bien del hombre, dice el Papa Benedicto XVI


VATICANO, 28 Oct. 10 (ACI).- Al recibir esta mañana a los participantes en la sesión plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias, el Papa Benedicto XVI señaló que la ciencia, los avances tecnológicos, deben orientarse siempre al auténtico bien y desarrollo integral del hombre, considerando su dimensión espiritual que es la más importante.

El Santo Padre afirmó que "por un lado, algunos plantean la ciencia como una panacea, dados sus logros notables en el siglo pasado. Sus avances innumerables" podrían dar a entender que "la ciencia puede contestar a todas las cuestiones relacionadas con la existencia del ser humano, e incluso a sus más altas aspiraciones. Por otro lado, hay quienes temen la ciencia y quienes se distancian de ella debido a su evolución preocupante, como la construcción y el uso terrible de las armas nucleares".

"La ciencia, por supuesto, no se define por ninguno de estos dos extremos. Su tarea era y sigue siendo una paciente y apasionada búsqueda de la verdad sobre el cosmos, la naturaleza y sobre la constitución del ser humano. En esta búsqueda, ha habido muchos éxitos y fracasos, triunfos y reveses".

El Papa Benedicto XVI resaltó que "incluso los resultados provisionales constituyen una contribución real para revelar la correspondencia entre el intelecto y las realidades naturales, sobre las que las generaciones posteriores pueden seguir progresando".

El encuentro de hoy, continuó el Santo Padre, "es una prueba de la estima de la Iglesia por la investigación científica y de su gratitud por los esfuerzos científicos, que alienta y de los que se beneficia. En nuestros días, los científicos aprecian cada vez más la necesidad de estar abiertos a la filosofía si quieren descubrir el fundamento lógico y epistemológico de su metodología y sus conclusiones".

"Por su parte, la Iglesia está convencida de que la actividad científica, en última instancia, se beneficia del reconocimiento de la dimensión espiritual del hombre y de su búsqueda de las respuestas definitivas que permiten el reconocimiento de un mundo que existe independientemente de nosotros, que no entendemos completamente y que sólo podemos comprender en la medida en que entendemos su lógica inherente".

"Los científicos no crean el mundo; aprenden algo de él e intentan imitarlo, siguiendo las leyes y la inteligibilidad que la naturaleza nos manifiesta. La experiencia del científico como ser humano es, pues, la de percibir una constante, una ley, un logos que no ha creado, pero que, en cambio, ha observado: de hecho, esto nos lleva a admitir la existencia de una Razón todopoderosa, que es distinta de la del hombre, y que sostiene el mundo".

Así, dijo el Papa, "este es el punto de encuentro entre las ciencias naturales y la religión. Como consecuencia, la ciencia se convierte en un lugar de diálogo, en un encuentro entre el hombre y la naturaleza y, potencialmente, entre el hombre y su Creador".

Al final de su discurso, el Papa propuso dos ideas "para una reflexión más profunda. En primer lugar, ya que el aumento de los logros de las ciencias hace más profunda nuestra maravilla acerca de la complejidad de la naturaleza, es necesario un enfoque interdisciplinar ligado con la reflexión filosófica que conduce a una síntesis. En segundo lugar, los logros científicos en este nuevo siglo deberían ser siempre guiados por el sentido de la fraternidad y la paz, ayudando a resolver los grandes problemas de la humanidad, y dirigiendo los esfuerzos de todos al verdadero bien del hombre y al desarrollo integral de los pueblos del mundo".

"El resultado positivo de la ciencia del siglo XXI seguramente dependerá en gran medida de la capacidad del científico para buscar la verdad y aplicar los descubrimientos de manera que vayan de la mano con la búsqueda de lo que es justo y bueno", concluyó el Papa.



viernes, 27 de agosto de 2010

El lenguaje es discriminatorio: ¿y qué? - Juan Carlos Monedero

El lenguaje es discriminatorio: ¿y qué?
La cruz permanece mientras el mundo cambia
Juan Carlos Monedero


Discriminar es distinguir. Y confundir es lo contrario de distinguir

Por ende, no discriminar –como machaconamente se nos insiste– equivale a confundir. La bandera de la no discriminación es la bandera de la confusión.

Guste o no, es así. Sólo en una segunda acepción –tal como registra la Real Academia Española– discriminar significa “Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.”. Y esto sería discriminar injustamente; lo que especifica a la discriminación como reprobable es su injusticia. Hoy padecemos la deliberada hipertrofia de la segunda acepción de esta palabra, que ha desplazado su sentido propio y exacto.


El lenguaje es discriminatorio. Veamos por qué

En su formidable libro “La rebelión de la Nada”, Enrique Díaz Araujo desenmascara entre otros a Paulo Freire. Este ideólogo de la educación y agitador social proponía entre otras maravillas disminuir la cantidad de palabras generadoras: 15 en lugar de 80.

“¿Se dan cuenta?. Siempre se había pensado que la cultura consistía en aprender más cosas. Freire ha descubierto que su esencia está en aprender menos cosas. Ha invertido el signo de todas las civilizaciones que el mundo ha conocido.

La revolución copernicana producida por Freire y llamada ‘Revolución Cultural’ supone una simplificación magnífica: antes había que aprender no menos de 80 palabras generadoras; ahora con 15 basta. ¿Basta para qué?. ¡Ah, ese es otro asunto! Basta para ser un cuasi-semi-analfabeto” (1).

Si en la palabra yace la cosa, disminuir la cantidad de palabras es… ¿Hacer decrecer las cosas?. ¿Destruirlas?. ¿Modificarlas en su esencia?. Imposible.

Pero disminuir la cantidad de palabras equivale a impedir que la inteligencia vea, comprenda, entienda, aprenda, capte lo que las cosas son.


Cada palabra porta una llama. Cada una de ellas irradia una lux propia en nuestra natural oscuridad

Decir una palabra puede compararse con encender un fuego, lo cual ocurre primero en la mente y casi inmediatamente en nuestros labios; al ser pronunciada la palabra, comienzan a “aparecer” las cosas “que estaban ahí”, junto a nosotros, pero a oscuras: se las puede designar, señalar, nombrar. El nombre es arquetipo de la cosa, enseñó Platón. Cada palabra, distinta de otra, denota por lo mismo una cosa distinta de otra. La riqueza del lenguaje sigue a la riqueza del ser.


El lenguaje porta, lleva, carga, conduce el ser

Si lo anterior es cierto, no hay diferencia entre eliminar del uso común una palabra y apagar una luz, tal como lo difundió Paulo Freire. Por cada palabra arrancada de nuestra lengua, una luz menos. Y por cada luz apagada, algo real que desaparece de nuestra consideración. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente”, afirmó Wittgenstein.

Cuidadosamente omitidos, existen términos que están cayendo en un intencional desuso. Esto ha quedado patente en la actual polémica en nuestro país respecto del “matrimonio” entre personas del mismo sexo. Pensemos por ejemplo en aquellas palabras que involucran de suyo una reprobación moral de la homosexualidad: «antinaturaleza», «contranaturaleza», «perversión», «desorden», etc. Incluso muchos que reprobaron y reprueban esta ley omitían la pronunciación de estos vocablos.

¿Resultado?: el olvido de la realidad o –por lo menos– la fragilidad de su arraigo en nuestras mentes. Las cosas siguen ahí, es cierto, pero nosotros no logramos ya pronunciarlas. Este flagelo se hace patente en la incapacidad para designar las cosas según sus diferencias, por un lado, y en la conocida impotencia de muchos para reprobar lo malo y ponderar lo bueno sólida y firmemente, debido a una carencia de la adjetivación.

Estamos siendo testigos de este empobrecimiento deliberado de nuestras inteligencias. Nuestro estómago se nutre bien, pero nuestra inteligencia está siendo subalimentada. Ya no abrevamos en lo esencial de las cosas –en aquello que las configura como sustancia– sino en sus accidentes. Más que pensamiento débil, actualmente padecemos el castigo del pensamiento anoréxico.


Ahora, pongámonos en los zapatos del ideólogo

Si yo quiero que la gente pierda la capacidad de distinguir lo normal de lo anormal, lo verdadero de lo falso, la naturaleza de la contranaturaleza, lo bueno de lo malo, la virtud del vicio; si yo quiero aniquilar estas diferencias –siéndome imposible hacerlo en la realidad misma–, lo más que puedo hacer es borrarlas de las mentes, a través de la constante omisión de las palabras que verdaderamente significan y nos llevan a las cosas.

Para ello, debo refundar el idioma. Reelaborarlo, según la idea de hombre que quiero construir.

Debo enterrar aquellas palabras cuya sola mención supone de suyo lo Absoluto. Sepultar los vocablos bien y mal, virtud y vicio, gracia y pecado, verdadero y falso, justo e injusto, etc. Todos ellos comportan un Principio que me niego a admitir: si juzgo algo y afirmo “esto es bueno” o “esto es verdadero”, ingreso inevitablemente en el terreno metafísico. Lo mismo se diga de la justicia y la virtud: la sola pronunciación de estas palabras me coloca en la incómoda atmósfera de las verdades perennes.

A lo sumo podré tolerar que se las mencionen siempre y cuando el tono, la atmósfera y las circunstancias que las rodean sean lo suficientemente frívolas como para que nadie sospeche que me he tomado el atrevimiento de hacer un juicio de carácter absoluto.

Por eso, debo criminalizar la Verdad. Que Ella sea demonizada, que su sola mención mueva a la indignación, a la crispación, al escándalo. Que pronunciarla sea un delito.

Enterradas estas palabras, debo conseguir que únicamente subsistan otras, las imprecisas. Aquellas que no suponen una inteligencia en contacto directo con la realidad –una inteligencia metafísica, con vocación para el ser, con apetito del ente, con deseo de admiración–, sino una inteligencia que puede rodear cómodamente las cosas sin penetrarlas jamás, que habite en sus accidentes sin tocar sus esencias. De ahí que todo deba ser juzgado en estos términos: conveniente/ inconveniente; popular/impopular; moderno/antiguo; moderado/intransigente; mayoritario/ minoritario; tolerante/fanático; constitucional/anticonstitucional.

¿Dónde está la trampa?. En que todos estos adjetivos pueden convenir indistintamente tanto a la verdad como al error.


Pero como ideólogo no puedo decir frontalmente que busco estos objetivos

¿Qué debo hacer?. Acusar a quienes defienden el Orden Natural de mantener este discurso de forma interesada. No atacar sus argumentos, sino su persona. A través de una constante repetición, mi objetivo es lograr que la gente se olvide de la realidad que está en juego detrás de las palabras.

Debo convencer a mi auditorio de que conozco las intenciones ocultas de mis adversarios, de que sé perfectamente que aunque verbalmente aduzcan motivaciones altruistas, en el fondo, por más que ellos lo nieguen, desean mantener el control, el poder, la dominación.

Debo lograr enlodar a priori su autoridad moral, para que la gente ni bien escuche su argumentación piense: “ellos dicen estas cosas como pretexto y justificación de alguna superioridad económica o bienestar material”.

En una palabra, ejercitando el discurso marxista, debo acusar a mis enemigos de intentar imponer una superestructura de dominación –en este caso, el Orden Natural– a través del lenguaje: “la palabra sigue siendo privilegio de los mismos grupos de poder”, dijo en La Nación Adriana Amado, el 28 de julio (2).

En efecto, ¿por qué creerles a los defensores “del orden natural”, si en el fondo –como afirma el cassette pro homosexualista– son unos mentirosos que buscan mantener sus cómodos privilegios económicos, sus autoritarias estructuras de poder?. Y si ellos negaran tales motivaciones, ¿puede esperarse que los mentirosos digan la verdad?.

“Si un hombre dice (por ejemplo) que los hombres conspiran contra él, no se le puede discutir más que diciendo que todos los hombres niegan ser conspiradores; que es exactamente lo que harían los conspiradores” (3).

He aquí la fabulosa petición de principio, punto de encuentro de víctimas y victimarios. Chesterton la calificaba de locura. Y por eso no proponía “discutirla” como una herejía, sino “quebrarla” como un encantamiento: “Curar a un hombre no es discutir con un filósofo, es arrojar un demonio”.

El activismo pro homosexual pretende embarrar la causa de la Verdad. Permanentemente lucubra hipótesis respecto a las intenciones personales de sus adversarios. Sus cuadros son especialistas en convertir en odiosas todas las cosas buenas: las enlodan mirándolas según su propia mediocridad.

La pequeñez más lacerante que padece esta ideología es no alcanzar a aceptar la posibilidad del desinterés, del altruismo y heroísmo, imitando la posición sartreana que no veía en el amor sino un disfraz del masoquismo o bien del sadomasoquismo.

Si Sartre sospecha del amor y busca mancharlo, los ideólogos actuales –con la misma pervertida mentalidad– convierten en odioso el Orden Natural, rociándolo con sus envenenadas palabras, a fin de impedir que los bienintencionados descubran la realidad de las cosas.

En algo tienen razón estos sofistas: el lenguaje discrimina. El lenguaje –el verdadero, el que ellos pretenden empobrecer y derrumbar– efectivamente discrimina. Distingue. Diferencia. Demarca. Separa. Divide. Y si su objetivo es confundir, un lenguaje que discrimina no les conviene.

Una manzana no es una pera. Matar en defensa propia no es asesinar. Cobrar un impuesto justo no es un robo. Y un matrimonio no es entre personas del mismo sexo.

Pero, ¿cómo desarticular la acusación según la cual nosotros consideramos a la homosexualidad como enfermedad, como antinaturaleza, movidos exclusivamente por turbulentos intereses económicos?. ¿Cómo probar que no estamos interesados en mantener ninguna estructura de poder al defender la Verdad?.


Se prueba observando una realidad

Hoy el poder lo tienen ellos. Por eso tuvieron el poder como para pedir en octubre del 2009 el relevo del Presidente de la Asamblea General de la ONU, Alí Abdussalam Treki, que se manifestó contrario a la promoción de su ideología (4); por eso tienen el poder para remover un video de “Youtube” donde podía verse cómo un sacerdote de 84 años era detenido por la policía mientras portaba una cruz, al mismo tiempo que los activistas “pro gay” incurrían en los comportamientos propios de los endemoniados, insultando y befando al Santo Padre y a la Iglesia, sin recibir la más mínima sanción (5); por eso cuentan con el apoyo incondicional del gigante informático IBM; por eso presionaron –y lo obtuvieron– a la Real Academia Española para cambiar los significados de su diccionario, puesto que los consideraban “anacrónicos y discriminatorios” (6).

Pues bien, así trabaja el activismo pro homosexualista: para derribar una supuesta superestructura de dominación, erige la propia.

Vivir en el seno de la contradicción no es sino tomar a la hipocresía como método. El colmo de ésta es acusar al adversario de lo que en los hechos uno mismo realiza.


En el principio era el Logos (Jn. 1,1)

La ideología pro homosexualista odia el Logos y lo combate. Como no puede vencerlo en sí mismo, lo vulnera en su imagen: el intelecto humano.

La guerra al logos participado es la continuación de la guerra al Logos Imparticipado. Nos están colonizando con palabras. Y no nos damos cuenta. Por eso el 22 de julio de 2010, al publicar en el Boletín Oficial la modificación del Código Civil a efectos de legalizar el “matrimonio” homosexual, Cristina Fernández de Kirchner afirmó: “no hemos promulgado una ley, hemos promulgado una construcción social”.

Pero los sofistas modernos tienen un punto débil. Terrible y mortal para ellos, si nos damos cuenta: su supremo interés por eliminar estas palabras nos indica cuál es el principal elemento a defender. Lo que más desean, eso es lo que nosotros debemos primero custodiar. Lo que ellos desean prohibir es exactamente lo que tenemos que hacer.


Donde está la solución, está el peligro

Ordinariamente vemos únicamente el peligro, la persecución, el odio furibundo de estos embaucadores; sin advertir que la virulencia con que ellos nos replican no es sino el disfraz de su propio temor a ser desenmascarados. Este peligro que nos acecha al mencionar las palabras que precisamente ellos desean omitir, no es sino el enrejado que recubre y protege la solución. Su debilidad.

Y si nosotros nos hacemos de la solución, ellos están perdidos.

¿Y cuál es?.


La solución es la palabra. La verdadera

Pronunciemos la palabra que juzga metafísicamente, con criterios absolutos: la palabra que no se apoya en construcciones históricas convencionales, ni en modas pasajeras. La palabra que refleja el ser, no su interpretación; la palabra que permanece, no la que evoluciona; la palabra que define, no la que halaga o confunde.

Dejemos de naufragar en los accidentes –objeto de la Sofística– y afirmemos lo esencial, la definición de las cosas, el numen, el arquetipo.

La solución última es la palabra en tanto vehículo de realidades metafísicas, por encima del cambio, independiente de los horizontes culturales, de los puntos de vista. Y esta palabra no puede ser sino el reflejo de la Palabra, Dios mismo. Por eso Ernest Hello ha dicho magníficamente:

“Afirmar es el acto inicial de la palabra. Todo verbo contiene el verbo ser. Toda palabra tiene a Dios por sostén. El que es, es el fundamento del discurso” (7).


La cruz permanece mientras el mundo cambia

En el crucifijo yace –aunque el laicismo en Europa pretenda retirarlo– el Crucificado, Logos Eterno y Verbo Increado del Padre: Nuestro Señor Jesucristo. Testigo Supremo de lo que no cambia en un mundo que cambia constantemente.





_______
Notas:
(1) Enrique Díaz Araujo. La Rebelión de la Nada o los ideólogos de la subversión cultural, Cruz y Fierro, Buenos Aires, 1984, págs. 202-203.
(3) Chesterton. Ortodoxia, Excelsa, Buenos Aires, 1943, págs. 26-27.
(7) Ernest Hello. Palabras de Dios. Reflexiones sobre algunos textos sagrados, Difusión, Buenos Aires, pág. 92.


Fuente: Catholic.net




jueves, 11 de septiembre de 2008

Fe, Verdad y Cultura - Cardenal Joseph Ratzinger


Fe, Verdad y Cultura
Reflexiones a propósito de la Encíclica «Fides et Ratio»
Cardenal Joseph Ratzinger


Conferencia del Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 16 de febrero de 2000, en Madrid (España), dentro de los actos del Primer Congreso Teológico Internacional, organizado por la Facultad de Teología «San Dámaso», sobre la Encíclica «Fides et ratio» que Juan Pablo II dedicó a las relaciones entre fe y razón. 


¿De qué se trata, en el fondo, en la Encíclica "Fides et ratio"? ¿Es un documento sólo para especialistas, un intento de renovar desde la perspectiva cristiana una disciplina en crisis, la filosofía, y, por tanto, interesante sólo para filósofos, o plantea una cuestión que nos afecta a todos? Dicho de otra manera: ¿necesita la fe realmente de la filosofía, o la fe -que en palabras de San Ambrosio fue confiada a pescadores y no a dialécticos- es completamente independiente de la existencia o no existencia de una filosofía abierta en relación a ella? Si se contempla la filosofía sólo como una disciplina académica entre otras, entonces la fe es de hecho independiente de ella. Pero el Papa entiende la filosofía en un sentido mucho más amplio y conforme a su origen. La filosofía se pregunta si el hombre puede conocer la verdad, las verdades fundamentales sobre sí mismo, sobre su origen y su futuro, o si vive en una penumbra que no es posible esclarecer y tiene que recluirse, a la postre, en la cuestión de lo útil. Lo propio de la fe cristiana en el mundo de las religiones es que sostiene que nos dice la verdad sobre Dios, el mundo y el hombre, y que pretende ser la "religio vera", la religión de la verdad.

"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida": en estas palabras de Cristo según el Evangelio de Juan (14, 6) está expresada la pretensión fundamental de la fe cristiana. De esta pretensión brota el impulso misionero de la fe: sólo si la fe cristiana es verdad, afecta a todos los hombres; si es sólo una variante cultural de las experiencias religiosas del hombre, cifradas en símbolos y nunca descifradas, entonces tiene que permanecer en su cultura y dejar a las otras en la suya.

Pero esto significa lo siguiente: la cuestión de la verdad es la cuestión esencial de la fe cristiana, y, en este sentido, la fe tiene que ver inevitablemente con la filosofía. Si debiera caracterizar brevemente la intención última de la encíclica, diría que ésta quisiera rehabilitar la cuestión de la verdad en un mundo marcado por el relativismo; en la situación de la ciencia actual, que ciertamente busca verdades pero descalifica como no científica la cuestión de la verdad, la encíclica quisiera hacer valer dicha cuestión como tarea racional y científica, porque, en caso contrario, la fe pierde el aire en que respira. La encíclica quisiera sencillamente animar de nuevo a la aventura de la verdad. De este modo, habla de lo que está más allá del ámbito de la fe, pero también de lo que está en el centro del mundo de la fe.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Fides et Ratio - Juan Pablo II

Fides et Ratio
Juan Pablo II


Carta Encíclica a los Obispos de la Iglesia Católica
sobre las relaciones entre la Fe y la Razón 
(14. 09. 1998)


Venerables hermanos en el Episcopado:
¡salud y bendición apostólica!


Introducción
«Conócete a ti mismo»

La fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo (cf. Ex 33, 18; Sal 27 [26], 8-9; 63 [62], 2-3; Jn 14, 8; 1 Jn 3, 2).


1. Tanto en Oriente como en Occidente es posible distinguir un camino que, a lo largo de los siglos, ha llevado a la humanidad a encontrarse progresivamente con la verdad y a confrontarse con ella. Es un camino que se ha desarrollado —no podía ser de otro modo— dentro del horizonte de la autoconciencia personal: el hombre cuanto más conoce la realidad y el mundo y más se conoce a sí mismo en su unicidad, le resulta más urgente el interrogante sobre el sentido de las cosas y sobre su propia existencia. Todo lo que se presenta como objeto de nuestro conocimiento se convierte por ello en parte de nuestra vida. La exhortación Conócete a ti mismo estaba esculpida sobre el dintel del templo de Delfos, para testimoniar una verdad fundamental que debe ser asumida como la regla mínima por todo hombre deseoso de distinguirse, en medio de toda la creación, calificándose como «hombre» precisamente en cuanto «conocedor de sí mismo».

Por lo demás, una simple mirada a la historia antigua muestra con claridad como en distintas partes de la tierra, marcadas por culturas diferentes, brotan al mismo tiempo las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy? ¿de dónde vengo y a dónde voy? ¿por qué existe el mal? ¿qué hay después de esta vida? Estas mismas preguntas las encontramos en los escritos sagrados de Israel, pero aparecen también en los Veda y en los Avesta; las encontramos en los escritos de Confucio e Lao-Tze y en la predicación de los Tirthankara y de Buda; asimismo se encuentran en los poemas de Homero y en las tragedias de Eurípides y Sófocles, así como en los tratados filosóficos de Platón y Aristóteles. Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia.


2. La Iglesia no es ajena, ni puede serlo, a este camino de búsqueda. Desde que, en el Misterio Pascual, ha recibido como don la verdad última sobre la vida del hombre, se ha hecho peregrina por los caminos del mundo para anunciar que Jesucristo es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Entre los diversos servicios que la Iglesia ha de ofrecer a la humanidad, hay uno del cual es responsable de un modo muy particular: la diaconía de la verdad [1]. Por una parte, esta misión hace a la comunidad creyente partícipe del esfuerzo común que la humanidad lleva a cabo para alcanzar la verdad [2]; y por otra, la obliga a responsabilizarse del anuncio de las certezas adquiridas, incluso desde la conciencia de que toda verdad alcanzada es sólo una etapa hacia aquella verdad total que se manifestará en la revelación última de Dios: «Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido» (1 Co 13, 12).


3. El hombre tiene muchos medios para progresar en el conocimiento de la verdad, de modo que puede hacer cada vez más humana la propia existencia. Entre estos destaca la filosofía, que contribuye directamente a formular la pregunta sobre el sentido de la vida y a trazar la respuesta: ésta, en efecto, se configura como una de las tareas más nobles de la humanidad. El término filosofía según la etimología griega significa «amor a la sabiduría». De hecho, la filosofía nació y se desarrolló desde el momento en que el hombre empezó a interrogarse sobre el por qué de las cosas y su finalidad. De modos y formas diversas, muestra que el deseo de verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre. El interrogarse sobre el por qué de las cosas es inherente a su razón, aunque las respuestas que se han ido dando se enmarcan en un horizonte que pone en evidencia la complementariedad de las diferentes culturas en las que vive el hombre.

La gran incidencia que la filosofía ha tenido en la formación y en el desarrollo de las culturas en Occidente no debe hacernos olvidar el influjo que ha ejercido en los modos de concebir la existencia también en Oriente. En efecto, cada pueblo, posee una sabiduría originaria y autóctona que, como auténtica riqueza de las culturas, tiende a expresarse y a madurar incluso en formas puramente filosóficas. Que esto es verdad lo demuestra el hecho de que una forma básica del saber filosófico, presente hasta nuestros días, es verificable incluso en los postulados en los que se inspiran las diversas legislaciones nacionales e internacionales para regular la vida social.


4. De todos modos, se ha de destacar que detrás de cada término se esconden significados diversos. Por tanto, es necesaria una explicitación preliminar. Movido por el deseo de descubrir la verdad última sobre la existencia, el hombre trata de adquirir los conocimientos universales que le permiten comprenderse mejor y progresar en la realización de sí mismo. Los conocimientos fundamentales derivan del asombro suscitado en él por la contemplación de la creación: el ser humano se sorprende al descubrirse inmerso en el mundo, en relación con sus semejantes con los cuales comparte el destino. De aquí arranca el camino que lo llevará al descubrimiento de horizontes de conocimientos siempre nuevos. Sin el asombro el hombre caería en la repetitividad y, poco a poco, sería incapaz de vivir una existencia verdaderamente personal.

La capacidad especulativa, que es propia de la inteligencia humana, lleva a elaborar, a través de la actividad filosófica, una forma de pensamiento riguroso y a construir así, con la coherencia lógica de las afirmaciones y el carácter orgánico de los contenidos, un saber sistemático. Gracias a este proceso, en diferentes contextos culturales y en diversas épocas, se han alcanzado resultados que han llevado a la elaboración de verdaderos sistemas de pensamiento. Históricamente esto ha provocado a menudo la tentación de identificar una sola corriente con todo el pensamiento filosófico. Pero es evidente que, en estos casos, entra en juego una cierta « soberbia filosófica » que pretende erigir la propia perspectiva incompleta en lectura universal. En realidad, todo sistema filosófico, aun con respeto siempre de su integridad sin instrumentalizaciones, debe reconocer la prioridad del pensar filosófico, en el cual tiene su origen y al cual debe servir de forma coherente.

En este sentido es posible reconocer, a pesar del cambio de los tiempos y de los progresos del saber, un núcleo de conocimientos filosóficos cuya presencia es constante en la historia del pensamiento. Piénsese, por ejemplo, en los principios de no contradicción, de finalidad, de causalidad, como también en la concepción de la persona como sujeto libre e inteligente y en su capacidad de conocer a Dios, la verdad y el bien; piénsese, además, en algunas normas morales fundamentales que son comúnmente aceptadas. Estos y otros temas indican que, prescindiendo de las corrientes de pensamiento, existe un conjunto de conocimientos en los cuales es posible reconocer una especie de patrimonio espiritual de la humanidad. Es como si nos encontrásemos ante una filosofía implícita por la cual cada uno cree conocer estos principios, aunque de forma genérica y no refleja. Estos conocimientos, precisamente porque son compartidos en cierto modo por todos, deberían ser como un punto de referencia para las diversas escuelas filosóficas. Cuando la razón logra intuir y formular los principios primeros y universales del ser y sacar correctamente de ellos conclusiones coherentes de orden lógico y deontológico, entonces puede considerarse una razón recta o, como la llamaban los antiguos, orthòs logos, recta ratio.


5. La Iglesia, por su parte, aprecia el esfuerzo de la razón por alcanzar los objetivos que hagan cada vez más digna la existencia personal. Ella ve en la filosofía el camino para conocer verdades fundamentales relativas a la existencia del hombre. Al mismo tiempo, considera a la filosofía como una ayuda indispensable para profundizar la inteligencia de la fe y comunicar la verdad del Evangelio a cuantos aún no la conocen.

Teniendo en cuenta iniciativas análogas de mis Predecesores, deseo yo también dirigir la mirada hacia esta peculiar actividad de la razón. Me impulsa a ello el hecho de que, sobre todo en nuestro tiempo, la búsqueda de la verdad última parece a menudo oscurecida. Sin duda la filosofía moderna tiene el gran mérito de haber concentrado su atención en el hombre. A partir de aquí, una razón llena de interrogantes ha desarrollado sucesivamente su deseo de conocer cada vez más y más profundamente. Se han construido sistemas de pensamiento complejos, que han producido sus frutos en los diversos ámbitos del saber, favoreciendo el desarrollo de la cultura y de la historia. La antropología, la lógica, las ciencias naturales, la historia, el lenguaje..., de alguna manera se ha abarcado todas las ramas del saber. Sin embargo, los resultados positivos alcanzados no deben llevar a descuidar el hecho de que la razón misma, movida a indagar de forma unilateral sobre el hombre como sujeto, parece haber olvidado que éste está también llamado a orientarse hacia una verdad que lo transciende. Sin esta referencia, cada uno queda a merced del arbitrio y su condición de persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica. Así ha sucedido que, en lugar de expresar mejor la tendencia hacia la verdad, bajo tanto peso la razón saber se ha doblegado sobre sí misma haciéndose, día tras día, incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser. La filosofía moderna, dejando de orientar su investigación sobre el ser, ha concentrado la propia búsqueda sobre el conocimiento humano. En lugar de apoyarse sobre la capacidad que tiene el hombre para conocer la verdad, ha preferido destacar sus límites y condicionamientos.

Ello ha derivado en varias formas de agnosticismo y de relativismo, que han llevado la investigación filosófica a perderse en las arenas movedizas de un escepticismo general. Recientemente han adquirido cierto relieve diversas doctrinas que tienden a infravalorar incluso las verdades que el hombre estaba seguro de haber alcanzado. La legítima pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las posiciones son igualmente válidas. Este es uno de los síntomas más difundidos de la desconfianza en la verdad que es posible encontrar en el contexto actual. No se substraen a esta prevención ni siquiera algunas concepciones de vida provenientes de Oriente; en ellas, en efecto, se niega a la verdad su carácter exclusivo, partiendo del presupuesto de que se manifiesta de igual manera en diversas doctrinas, incluso contradictorias entre sí. En esta perspectiva, todo se reduce a opinión. Se tiene la impresión de que se trata de un movimiento ondulante: mientras por una parte la reflexión filosófica ha logrado situarse en el camino que la hace cada vez más cercana a la existencia humana y a su modo de expresarse, por otra tiende a hacer consideraciones existenciales, hermenéuticas o lingüísticas que prescinden de la cuestión radical sobre la verdad de la vida personal, del ser y de Dios. En consecuencia han surgido en el hombre contemporáneo, y no sólo entre algunos filósofos, actitudes de difusa desconfianza respecto de los grandes recursos cognoscitivos del ser humano. Con falsa modestia, se conforman con verdades parciales y provisionales, sin intentar hacer preguntas radicales sobre el sentido y el fundamento último de la vida humana, personal y social. Ha decaído, en definitiva, la esperanza de poder recibir de la filosofía respuestas definitivas a tales preguntas.


6. La Iglesia, convencida de la competencia que le incumbe por ser depositaria de la Revelación de Jesucristo, quiere reafirmar la necesidad de reflexionar sobre la verdad. Por este motivo he decidido dirigirme a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado, con los cuales comparto la misión de anunciar «abiertamente la verdad» (2 Co 4, 2), como también a los teólogos y filósofos a los que corresponde el deber de investigar sobre los diversos aspectos de la verdad, y asimismo a las personas que la buscan, para exponer algunas reflexiones sobre la vía que conduce a la verdadera sabiduría, a fin de que quien sienta el amor por ella pueda emprender el camino adecuado para alcanzarla y encontrar en la misma descanso a su fatiga y gozo espiritual.

Me mueve a esta iniciativa, ante todo, la convicción que expresan las palabras del Concilio Vaticano II, cuando afirma que los Obispos son «testigos de la verdad divina y católica» [3]. Testimoniar la verdad es, pues, una tarea confiada a nosotros, los Obispos; no podemos renunciar a la misma sin descuidar el ministerio que hemos recibido. Reafirmando la verdad de la fe podemos devolver al hombre contemporáneo la auténtica confianza en sus capacidades cognoscitivas y ofrecer a la filosofía un estímulo para que pueda recuperar y desarrollar su plena dignidad.

Hay también otro motivo que me induce a desarrollar estas reflexiones. En la Encíclica Veritatis splendor he llamado la atención sobre «algunas verdades fundamentales de la doctrina católica, que en el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas» [4]. Con la presente Encíclica deseo continuar aquella reflexión centrando la atención sobre el tema de la verdad y de su fundamento en relación con la fe. No se puede negar, en efecto, que este período de rápidos y complejos cambios expone especialmente a las nuevas generaciones, a las cuales pertenece y de las cuales depende el futuro, a la sensación de que se ven privadas de auténticos puntos de referencia. La exigencia de una base sobre la cual construir la existencia personal y social se siente de modo notable sobre todo cuando se está obligado a constatar el carácter parcial de propuestas que elevan lo efímero al rango de valor, creando ilusiones sobre la posibilidad de alcanzar el verdadero sentido de la existencia. Sucede de ese modo que muchos llevan una vida casi hasta el límite de la ruina, sin saber bien lo que les espera. Esto depende también del hecho de que, a veces, quien por vocación estaba llamado a expresar en formas culturales el resultado de la propia especulación, ha desviado la mirada de la verdad, prefiriendo el éxito inmediato en lugar del esfuerzo de la investigación paciente sobre lo que merece ser vivido. La filosofía, que tiene la gran responsabilidad de formar el pensamiento y la cultura por medio de la llamada continua a la búsqueda de lo verdadero, debe recuperar con fuerza su vocación originaria. Por eso he sentido no sólo la exigencia, sino incluso el deber de intervenir en este tema, para que la humanidad, en el umbral del tercer milenio de la era cristiana, tome conciencia cada vez más clara de los grandes recursos que le han sido dados y se comprometa con renovado ardor en llevar a cabo el plan de salvación en el cual está inmersa su historia.


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