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miércoles, 21 de diciembre de 2011

El Modernismo: Crisis en las Venas de la Iglesia - P. Alfredo Sáenz

El Modernismo
Crisis en las Venas de la Iglesia
P. Alfredo Sáenz


A pedido de la Corporación de Abogados Católicos, el P. Alfredo Sáenz dictó en Buenos Aires (Argentina) un ciclo de conferencias sobre la Iglesia en las encrucijadas de la historia. Se incluye en este tomo 11, de la serie “La Nave y las Tempestades” de editorial Gladius, el undécimo tema que lo integra.

La crisis modernista de comienzos del siglo XX es una de las tempestades de la historia que han sacudido más violentamente a la Nave. El Modernismo es menos un sistema definido que una nueva cosmovisión, que busca adaptar las verdades católicas al espíritu del “mundo moderno”, mundo éste que se amamanta en el ideario de la Revolución francesa. En el presente libro se analiza la historia de esta herejía – o “reunión de herejías”, como la calificó San Pío X – para luego resumir sus principales asertos y presentar las figuras de sus propugnadores más relevantes.

San Pío X entendió que había que salirle al paso. Porque si bien es cierto, según él mismo lo señalaba en la encíclica Pascendi, que en todas las épocas se ha requerido la vigilancia del Pastor supremo, “lo que sobre todo urge de Nos que rompamos sin dilaciones el silencio, es la circunstancia de que al presente no es menester ya ir a buscar a los fabricantes de errores entre los enemigos declarados; se ocultan, y esto es precisamente objeto de grandísima ansiedad y angustia, en el seno mismo y dentro del corazón de la Iglesia. Son, seguramente, enemigos de la Iglesia, y no se apartará de lo verdadero quien dijera que ésta no los ha tenido peores, porque traman la ruina de la Iglesia no desde fuera, sino desde dentro: en nuestros días el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas; el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia”.

martes, 14 de septiembre de 2010

Teologías Deicidas: "Creemos que estamos ante un estudio definitivo sobre Juan Luis Segundo" - Francisco José Fernández de la Cigoña

Teologías Deicidas: "Creemos que estamos ante un estudio definitivo sobre Juan Luis Segundo"
Francisco José Fernández de la Cigoña


Sobre el libro de Horacio Bojorge: Teologías Deicidas. El Pensamiento de Juan Luis Segundo en su Contexto. Ediciones Encuentro, Madrid 2000, 380 págs.


Juan Luis Segundo, uno de los más conocidos “teólogos de la liberación”, fallecido en 1996, ha sido objeto de un estudio detallado, pormenorizado y crítico por otro jesuita, también uruguayo, situado en las antípodas de su pensamiento. El análisis es demoledor y tras él creo que bien se puede decir que Segundo no sólo ha muerto físicamente sino también ideológicamente. Creo que la famosa Teología de la liberación que tantas preocupaciones causó en su día está dando las últimas boqueadas. A acelerar su agonía y anticipar su muerte sin duda contribuirá este trabajo serio y profundo que no deja títere con cabeza en el tinglado segundista.

Con gran aparato crítico, no sólo del universo de Segundo sino de todo el movimiento liberacionista, vale la pena enunciar el Índice para que el lector pueda apreciar la densidad y la universalidad del volumen, ya que introducirnos en las tesis del jesuita heterodoxo o en la réplica de su hermano de Orden nos llevaría muchas más páginas que las propias de una recensión.

Comienza con una breve introducción en la que justifica el por qué de su contundente crítica, de la que merece la pena destacar el apoyo jesuítico a las teorías de Segundo que a juicio de Bojorge, que compartimos, “suscita la fundada impresión de que la Compañía misma asume y difunde como propias las doctrina de Juan Luis Segundo” (13). Es, por tanto, una obra escrita contracorriente y por tanto más meritoria. Ojalá no sea una tormenta de verano sino el comienzo de una rectificación doctrinal de la Orden ignaciana que en sus últimos tiempos había dejado de ser valladar firmísimo de la ortodoxia para alinearse abiertamente en posiciones no ya de vanguardia sino incluso situadas en el campo enemigo. Cierto que no es el primer jesuita que apunta críticas al uruguayo liberacionista, de ellos y de otros autores se vale repetidamente Bojorge, que ha buscado como una zona de seguridad, así como con el actual Prepósito general de la Compañía, Kolvenbach, para los seguros ataques que le van a venir de los epígonos y corifeos del criticado. Aunque también es posible que, ante la contundencia de sus argumentos, sea la conspiración del silencio la que se abata sobre el libro.

“La Esjatología cercenada” es el título del primer capítulo (23-44). Y Bojorge resalta el significativo silencio de Segundo sobre la vida eterna, consecuencia del moralismo inmanentista en el que se mueve. Las consecuencias de este secularismo quedan perfectamente reflejadas en la crítica de Bojorge.

En el capítulo segundo (45-70), “Vicios de argumentación lógica, teológica y escrituraria”, estudia su estilo argumental que califica de sinuoso, resbaladizo y hasta contradictorio en un permanente intento de no ser “pillado” por la censura. Muchas de esas acrobacias son traídas a colación por Bojorge así como los textos de comentaristas indignados ante tanta pirueta, ante tanta cita truncada y falseada. Sus insuficiencias escriturísticas, evidentes, terminamos por no saber si son producto de su escasa ciencia o un ejemplo más de su estilo argumental, si bien Bojorge concluye que son manifestaciones de su pensamiento gnóstico y sofista.

En el capítulo tercero, “Errores acerca de la Revelación y de la hermenéutica” (71-91), continúa acotando las graves limitaciones segundistas que vienen a convertir la Revelación no en un conocimiento de lo que Dios quiso revelarnos sino en una pedagogía hacia un modo de vivir. Señala, con todo acierto, las influencias modernistas, suponemos que más coincidentes que conscientes, tesis para nosotros muy grata pues muchas veces hemos denunciado el pensamiento “neomodernista” que nos invade. La consecuencia es una absoluta relativización de las verdades reveladas que dejan de tener importancia en cuanto tales para ser simplemente un impulso, un sentimiento, una solidaridad que después veremos a dónde nos lleva. El análisis de la interpretación filantrópica que hace Segundo de Mateo 25, 31-46 nos parece un acierto más de Bojorge. Y efectivamente lo que sostiene Segundo es un reduccionismo de la fe.

En el capítulo cuarto analiza la “Actitud ante el Magisterio” del uruguayo (92-129), que podríamos sintetizar grosso modo en que no existe Magisterio sino Historia. Claro que no niega el primero abiertamente para no colocarse en el punto de mira de las denuncias. Pero, si no es necesaria su actuación para las Iglesias y si cuando actúa, actúa mal, ¿qué conclusión debemos extraer?. Y si para ello se alteran los textos, aun peor.

En el capítulo quinto: “Recomendación y defensa del marxismo” (130-150) llegamos a la concretización de la ideología neomodernista. El lector que hoy se encare con estas páginas, después del derrumbe del comunismo, podrá pensar en que era un sostenedor de absurdas tesis. No podemos perder de vista que el abanderamiento del marxismo por la teología de la liberación se hacía en años en que el comunismo era un peligro cierto y gravísimo para la Humanidad y para la Religión. Que millones y millones de seres humanos estaban esclavizados por un sistema que contaba los mártires católicos por millares y millares. Su apología, aun con broma, resultaba un poco pesada. Lo que era, verdaderamente, sólo podemos calificarlo como una traición a la Iglesia. Pero Segundo era un teólogo sui generis dentro de los de su corriente. No aprendió nada del pueblo con el que nunca se mezcló. Era un teólogo burgués que todo lo estudio en los libros y que se movía encantado en los ambientes burgueses. Lo de los pobres eran elucubraciones hechas en cómodos despachos. Aunque no por ello menos peligrosas. Los pobres entendidos, naturalmente, desde el prisma de la Teología de la Liberación, pues, en el sentido evangélico, son consustanciales a la predicación de Jesucristo. Las consideraciones de Bojorge al respecto nos parecen, una vez más, incontestables.

“La adoración de la Historia: la fe neguentrópica” (151-178) es el título del capítulo sexto. El determinismo materialista al que se inclina Segundo en su interpretación de la Historia queda también pulverizado desde el pensamiento católico por Bojorge. Metz y Teilhard son las fuentes que detecta el autor en el pensamiento de Segundo al respecto así como algunas teorías físicas. Y como se las da de teólogo la consecuencia inmediata es identificar la historia de la humanidad con la Historia de la Salvación. Y hasta Dios es histórico pues es el dios de cada momento, conocido por una fe cambiante.

“Intermezzo histórico: la inversión antropocéntrica, naturalismo y gnosis” (179-217), es el capítulo séptimo. Y en él parece apartarse el autor del pensamiento de Segundo, expuesto hasta el momento con numerosas referencias textuales, para estudiar una serie de hechos que tienen al menos un aire de familia con el pensamiento del uruguayo. La Reforma protestante, el naturalismo, Barth, el secularismo, la muerte de Dios, Maritain, o al menos un Maritain, el progresismo, el nuevo gnosticismo, la New Age...

“El giro antropocéntrico en Juan Luis Segundo: del misterio divino al proyecto humano” es el título del capítulo octavo en el que se vuelve al pensamiento del uruguayo (218-246). Que sigue en ello la huella de otros precursores en una mezcla de naturalismo y deísmo. El Misterio desaparece, la fe vuelve a las exposiciones modernistas de comienzos del siglo XX y el antropocentrismo se impone al servicio de la historia. La eficacia política será el criterio fundamental para juzgar la fe aunque, si a ello hubiéramos de atenernos, menudo fracaso el de la teología de la liberación. Y por ese camino se llega, como muy bien percibe Bojorge, no a lo contrario del integrismo sino a un integrismo contrario, propagandista de la leyenda negra anticatólica e instrumento de la persecución de la fe. No es de extrañar que los enemigos de la Iglesia se vuelquen en elogios a Segundo.

“¿Es Teología el pensamiento de Juan Luis Segundo?” (247-276). La conclusión del capítulo noveno será negativa. O si es teología es teología modernista y no católica. Su propósito de hacer teología para laicos en crisis de fe, y entendida la fe cual él lo hace, nos lleva a un puro existencialismo sustraído a cualquier criterio normativo.

El capítulo décimo lleva por título “Acedia ante el pueblo creyente” (277-302). Y comienza por estas reveladoras palabras: “Las obras de Juan Luis Segundo reflejan el tipo de pensamiento secularista: tolerante y simpático con el así llamado hombre de hoy, por el que se entiende preferentemente el ateo o el creyente en crisis de fe. Por el contrario, ese pensamiento es intolerante, sarcástico y predispuesto contra el creyente, al que Juan Luis Segundo zahiere frecuentemente con ironías o frases ofensivas para su sensibilidad. Sobre el creyente recae una sospecha sistemática, lo cual equivale a decir una condenación previa al juicio”.

Le fastidian los “idólatras de Jesús”, los que, en teoría, debían ser los suyos. Como señala Bojorge, es un ejemplo más, desgraciadamente no el único, de ese complejo de culpa católico dispuesto a pedir perdón no ya por los pecados que los hijos de la Iglesia hayan podido cometer sino hasta por las glorias de la Iglesia y por la Iglesia misma. Y ello, contra lo que puedan creer, es un verdadero obstáculo para el diálogo con el ateísmo por el que tanto suspiran. El testimonio aducido de Leo Moulin es apabullante. La auto-antipatía y el precio del desdibujamiento de la identidad cristiana les convierte en unos compañeros de viaje y no en unos interlocutores. El masoquismo segundista es un caso más de un fenómeno por desgracia demasiado difundido en la Iglesia de hoy. Por tanto su Eclesiología nace ya con mucho plomo en el ala hasta convertirse en una verdadera antieclesiología. Sus fuentes están descritas con precisión por Bojorge: Bloch, Metz, Rahner, Machovec...

“Eclesiología gnóstica y elitismo” (303-326) es el título del undécimo y penúltimo capítulo consecuencia lógica del anterior. Su pensamiento sobre la Iglesia es una verdadera reducción de la fe que Bojorge analiza con detallada precisión. Las comunidades populares concientizadas, no el pueblo de Dios, al que rechazan por crédulo, supersticioso, obediente a la jerarquía, Iglesia-institución, amante de la Virgen – el texto sobre Guadalupe es sobrecogedor -, manipulado por el clero..., son la Iglesia del futuro y la Iglesia de Segundo. Y curiosamente su Iglesia popular es una Iglesia aristocrática basada en el esfuerzo y no en el amor. Kant una vez más en el horizonte. Y Lenin. Y Ortega y Gasset...

Concluye su importante con un breve capítulo “Señalaciones de heterodoxia” (327-335). La “herejía criptógama” rahneriana la ve Bojorge evidente en Segundo, cuyos errores fueron calificados por los obispos uruguayos de “ruinosos para la fe” e incursos en lo rechazado por la Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunos aspectos de la teología de la Liberación. Su Cristología, en su deseo de hacerla aceptable a los ateos, compromete la divinidad de Cristo. La Revelación pasa a ser un magma inconsciente e incompleto. La Historia la “Gran Marcha” del Mundo. Y la praxis lo único realmente importante. La gracia queda diluida y los sacramentos serán meros instrumentos de liberación humana. Así ha podido decir Carlos Saraza: “Estamos ante el proyecto de una «nueva religión», resultado de una mezcla de pelagianismo, protestantismo, racionalismo, modernismo, marxismo, progresismo. Se trata de una nueva religión, con un nuevo dogma y una nueva moral, ajena a la Iglesia de siempre”.

La Conclusión de Bojorge es brevísima (336-341). En verdad ya estaba todo concluido. El pensamiento de Segundo no es serio ni riguroso. Su teología no fundamenta una espiritualidad. A lo más, una pseudoespiritualidad, una espiritualidad gnóstica alejada de los contenidos esenciales de la fe católica. Además, no es teología. No conserva el depósito de la fe.

El libro concluye con tres Anexos: “El culto idolátrico” (342-348), “Reducción de la fe a gnosis” (349-359) y “Sobre el ateísmo del creyente” (360.367) que son tres glosas de textos segundistas sobre materias ya mencionadas pero en las que ahora se extiende Bojorge si cabe con más acritud aunque no con menos acierto. Son comentarios textuales demoledores de unos textos demoledores.

Por último, el libro contiene una utilísima y muy elaborada “Bibliografía selectiva de y sobre Juan Luis Segundo” (369-380) en la que distingue, en las obras del uruguayo, sus libros, los artículos en revistas o en obras colectivas y las traducciones a otras lenguas; y en las que se escribieron sobre él: los libros, las reseñas, estudios y juicios sobre sus obras en revistas y obras colectivas, las tesis y disertaciones académicas y los elogios póstumos.

Creemos que estamos ante un estudio definitivo sobre Juan Luis Segundo. Del que queda pulverizado. Esos fenómenos eclesiales de frontera suelen acabar con su fallecimiento o, como muchos, con el de sus más allegados que, si les sobreviven largo tiempo, hasta ellos se van olvidando del amigo muerto que ha dejado de tener rentabilidades académicas: ya no puede comentar trabajos, citar en sus libros, invitar a congresos y reuniones, firmar manifiestos contra el Papa o la curia... ¿Quién se preocupa hoy de Loisy o de Tyrrel, de Murri o de Teilhard?. Hasta se va apagando la estrella de los más recientes aún estando calientes sus cadáveres. Chenu, Congar, Rahner, Häring... Enseguida pasan a ser únicamente objeto de historiadores de la época. Segundo ya se ha ido. Y siendo de mucha menor talla que los citados, su estrella se apagará bastante antes. Hoy ya apenas titila. Pero convenía extender el certificado de defunción. Esto ha hecho brillantemente, extensamente, teológicamente, católicamente, el padre Horacio Bojorge, de la Compañía de Jesús. Ojalá, como dijimos al principio, esta obra y este jesuita no sean aislado fenómeno sino la vuelta del instituto ignaciano a la trinchera que nunca debió abandonar. La de la defensa de la Iglesia.



Fuente: Verbo (Madrid), (Ag-set-oct 2001) Nº 397-398 pp. 766-772



miércoles, 8 de septiembre de 2010

“Conociendo al enemigo”, un ensayo para salir de la ignorancia

“Conociendo al enemigo”, un ensayo para salir de la ignorancia
El autor explica quiénes son y cómo actúan los enemigos de la Iglesia


MADRID, lunes, 6 septiembre 2010 (ZENIT.org).- De reciente publicación, Conociendo al enemigo, es un ensayo de José González Horrillo en el que el autor identifica y explica cómo actúan los grupos y personas enemigos de Dios y de la Iglesia, fuera y dentro de la misma.

José González Horrillo, autor también de Manual Básico para Católicos sin Complejos, que ha tenido un inusitado éxito de ventas, y va por su cuarta edición, en este nuevo ensayo muestra de una forma divulgativa todos aquellos entornos sociales e ideológicos que se predisponen en contra de la fe católica y sus practicantes.

El ensayo Conociendo al enemigo, de la editorial Sekotia, tiene un subtítulo: "Quiénes son y cómo actúan los enemigos de Dios y de su Iglesia". Y una frase en portada: "Conocer a quién puede hacerte mal es un signo de inteligencia, porque sabrás cómo y de quién defenderte".

Propone una lectura sosegada en la que se podrá descubrir quién manipula el pensamiento; cómo afecta desde la política (a la derecha y a la izquierda) al pensamiento social o quiénes, desde dentro de la Iglesia, pretenden confundir a personas de buena fe.

En opinión del autor, los cristianos están siendo atacados de manera sistemática desde diferentes frentes por su fe, su estilo de vida, su testimonio moral, su comportamiento en la sociedad, por ello es necesario estar informados porque el desafío a batir no es tanto el mal como la ignorancia.

En la presentación del libro se afirma: "El amor a nuestros enemigos, a los que nos odian, a los que nos persiguen, debe estar siempre activo en nuestro corazón, pero nuestra disponibilidad para luchar contra la injusticia y la mentira, tampoco nos puede faltar".


Para saber más:



miércoles, 1 de septiembre de 2010

El Progresismo Cristiano - Julio Meinvielle

El Progresismo Cristiano
Julio Meinvielle


Esta fresca aun sobre la impresión de los católicos, la enérgica reprobación del Siervo de Dios Papa Juan Pablo II a la llamada Teología de la Liberación y las pulidas declaraciones del Cardenal Ratzinger -por entonces Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y hoy Papa Benedicto XVI- sobre las desviaciones heréticas de toda índole producidas después del Concilio Vaticano II. Roma parece no perder ocasión de hablar sobre el problema y de advertirnos con firmeza. El Progresismo es pues, ahora, un error incontestablemente condenado, irreversiblemente descalificado, enfáticamente enjuiciado.

Pero no era sencillo quince, veinte o más años atrás -en pleno auge de la herejía y de sus difusores- señalar el error, defender la doctrina verdadera, desenmascarar las falacias, desmontar los engaños sutiles y las ambigüedades perversas, indicar las desviaciones, mostrar las fuentes, los antecedentes y los orígenes del mal, prevenir sobre las consecuencias dolorosas que se sucederían de no mediar rectificaciones, atreverse con los intocables heresiarcas, y hacerlo todo con un amor inmenso a Cristo, a Su Madre y a la Santa Iglesia. No era sencillo, pero el Padre Julio Meinvielle lo hizo. Este libro -cuidada recopilación de escritos sobre el particular- lo recuerda y lo ratifica.

Algún día, se ha de reconocer que, a la Argentina, le cabe el honor de haber sido una de las primeras naciones que más y mejores pensadores movilizo en contra de la herejía progresista. Ese día, el nombre del Padre Julio Meinvielle y sus libros eminentes -de los cuales, este es un claro testimonio- ocuparan, sin retaceos, un sitio de honor en la historia de la Cristiandad.



lunes, 19 de julio de 2010

Modernismo - P. Leonardo Castellani

Modernismo
P. Leonardo Castellani


El presente es un fragmento del capítulo IV de “Los papeles de Benjamín Benavides”, magnífica obra de Leonardo Castellani. En este coloquio, que tiene lugar en Roma, intervienen un periodista y el judío converso Benjamín Benavides (Don Benya).


-¿Qué es el modernismo? –pregunté yo.

El judío se rascó la cabeza. Parecía agotado.

-No se puede definir brevemente – dijo con voz plañidera –. Es una cosa que era, y no es, y que será; y cuando sea, durará poco. Técnicamente los teólogos llaman modernismo a la herejía aparentemente complicada y difícil que condenó el papa Pío X en la encíclica Pascendi; pero esa herejía no es más que el núcleo explícito y pedantesco de un impalpable y omnipresente espíritu que permea el mundo de hoy. Su origen histórico fue el filosofismo del siglo XVIII, en el cual con certero ojo el padre Lacunza vio la herejía del Anticristo, la última herejía, la más radical y perfecta de todas. Desde entonces acá ha revestido diversas formas, pero el fondo es el mismo, dice siempre lo mismo:
“Cuá cuá – cantaba la rana
cuá cuá – debajo del río”.

-¿Y qué dice?

-¡Cualquiera interpreta lo que dice una rana! –dijo riendo el rabí –: es más un ruido que una palabra. Pero es un ruido mágico, arrebatador, demoníaco, lleno de signos y prodigios… Atrae, aduerme, entontece, emborracha, exalta.

-Pero al menos así aproximado, a bulto…; ¡ánimo don Benya, no se achique!

-El cuá-cuá del liberalismo es “libertad, libertad, libertad”; el cuá-cuá del comunismo es “justicia social”; el cuá-cuá del modernismo, de donde nacieron los otros y los reunirá un día, podríamos asignarle éste: “Paraíso en Tierra; Dios es el Hombre; el hombre es Dios”.

-¿Y la democracia? –pregunté yo.

-Es el coro de las tres juntas: democracia política, democracia social y democracia religiosa:
Demó – cantaba la rana
cracía – debajo del río.

-¿Y la democracia cristiana? – le dije sonriendo.

-Nunca he entendido del todo lo que entienden los entendidos por ese compuesto, aunque entiendo que se puede entender por él varias cosas buenas –barbotó él –, a saber: “amor al pueblo”, “representación popular”, “participación de todos en lo político”, o simplemente “gobierno bueno” –gruñó el judío – . Con este mixto no me meto; con el simple me meto yo, ¡con el simple!. Con la canción de la rana, que significa un régimen político religiosamente salvífico y por lo tanto necesario y hasta obligatorio para todos los pueblos “núbiles” que decía Víctor Hugo. Lo cual es una simpleza. Y una herejía definitiva contra el vero Salvador, contra “el único hombre que puede salvar al hombre”, que dijo San Pedro. “Las nuevas herejías ponen el hacha no en las ramas sino en la misma raíz” – dijo Pío X en la encíclica Pascendi.

-Pero herejías siempre las ha habido, y algunas muy extremadas y perversas… ¿por qué estas tres de ahora han de ser las Tres Ranas o Demonios [que menciona el Apocalipsis]; y no quizá otras tres cualesquiera… por ejemplo, otras tres que surjan en el futuro de aquí a mil años, pongamos por ejemplo?

-¡Eche años! –dijo el hebreo con un rictus –. No, éstas son las tres primeras herejías con efecto político y alcance universal; y son las tres últimas herejías, porque no se puede ir más allá en materia de falsificación del cristianismo. Son literalmente los pseudocristos que predijo el Salvador. En el fondo de ellas late la “abominación de la desolación”…

-¿Qué es la “abominación de la desolación”? Tengo entendido que los Santos Padres entienden por esa expresión semítica la idolatría…

-La peor idolatría. Pues en el fondo del modernismo está latente la idolatría más execrable, la apostasía perfecta, la adoración del hombre en lugar de Dios; y eso bajo formas cristianas y aun manteniendo tal vez el armazón exterior de la Iglesia. ¿Ha leído usted The soul of Spain del psicólogo inglés Havelock Ellis?

-No. ¿Qué dice?

-Es un libro de viajes por España. Lea usted el capítulo titulado Una misa cantada en Barcelona y verá lo que quiero decir cuando hablo del modernismo.

-¿Ridiculiza la misa cantada?

-¡Qué! ¡Al contrario! La cubre de flores, la colma de elogios… estéticos. Dice que es un espectáculo imponente, una creación artística y que no hay que dejar caer esa egregia conquista del “patrimonio cultural” de la humanidad, sino procurar que se conserve y perfeccione…, podada, eso sí, de la pequeña superstición que ahora la informa, a saber, la presencia real de Cristo en el Sacramento… Anulada esa pequeña superstición, todo lo demás…

-¡Pero si eso es el alma de la ceremonia, es el núcleo central que le da sentido y, por tanto, la vuelve imponente! –exclamé yo riendo –. ¿Cómo se puede podar eso? ¡Quite usted eso y la ceremonia queda vacía! Podar en este caso significa mutilar, aniquilar…

-En efecto, queda vacía… –dijo el judío –, queda vacía hasta que otro ocupe el lugar de Cristo en el Sacramento.

Se estremeció. Yo lo miré un rato en silencio, y viendo que él volvía a sus buches y el sol se ocultaba detrás de la lejana copa azul de San Pedro, salí en busca del tren, del ómnibus o de lo que encontrase, muy meditabundo.






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